martes, 30 de junio de 2009
Camellos, orgasmos y mal gusto crónico
Debe ser que me hago mayor y empiezo a tener esa edad en la que no encontrarle sentido a las cosas, además de ser un fastidio, te predispone contra un parte de la raza humana, si no contra la totalidad. Me explico.
De entre los bodrios que uno a diario puede ver por cualquier canal de televisión, ésto se lleva, de momento, la palma. Simplemente espectacular. Lamentablemente no he encontrado en Youtube la versión en castellano, pero para lo que hay que oír nos basta con la japonesa. En cualquier caso, si alguien lo encontrara en román paladino que me lo haga saber y cambio el enlace.
Mejor lo vemos y luego comentamos…
Recapitulemos porque esto merece un análisis en profundidad.
Una adolescente de no más de 15 años viaja por el desierto con su camello que, por ventura, calza ¿zapatillas de deporte?
Cuando se dispone a beber agua, nuestra dulce protagonista, que viste con un ¿pamela? de cupletista del París del XIX, comprueba que su ¿cantimplora? color rosa está vacía, así que decide azuzar a su montura hasta llegar, al galope, a un oasis.
Ahora viene la mejor parte.
Baja, temerosa, nuestra protagonista y se acerca al oasis con pasos cautelosos. Cuando se acerca, un apuesto joven emerge del agua montado ¿a lomos? de un caballito de mar gigante. Ella camina hacia el centro del oasis y las ¿palmeras? que lo bordean, que en realidad son antropomórficas y tienen vida activa, parecen derramar ¿leche de coco? y una suerte de ¿esencia transparente?. Ésta se canaliza hacia las manos del joven efebo y de ahí hacia las de la joven damisela que inmediatamente siente como el pelo de la cabeza se le ¿eriza? y se ve envuelta en un ¿torbellino? de agua.
Por si todo esto fuera poco, del oasis emergen seis u ocho ¿sirenas? que comienzan una especie de ¿danza? mientras ella se sobetea el pelo y hace una exhibición de lo bien que le queda girando sobre sí misma y salpicando al camello y al joven, que ahora contemplan juntos el espectáculo mientras beben un ¿cóctel? tumbados en unas ¿hamacas?. La joven saluda, finalmente, a la concurrencia y se queda encantadísima de haberse conocido.
¡Joder!
Ya sé que soy ejecutivo de una multinacional y sé muchísimo de publicidad pero… ¿a quién se le ha ocurrido semejante paranoia?, de verdad que he visto el anuncio no menos de 50 veces y no salgo de mi asombro. ¿A quién se supone que va dirigido el anuncio?, ¿adolescentes no desenganchadas de Disney y su Aladino?, ¿compradoras compulsivas de LSD?, ¿porretas en trance?
Cuando investigué un poco más, por mero morbo, supe que Herbal Essences era la marca de champús que anunciaba sus productos haciendo que las modelos tuvieran orgasmos mientras masajeaban sus cueros cabelludos con el ungüento en cuestión… y eso siempre es una pista de cómo se las gasta la compañía con aquello del gusto publicitario, pero tampoco mucho.
Yo rogaría a quien pueda explicarme el sentido y finalidad del anuncio que tenga la amabilidad de hacerlo. O quizás que se invente una explicación plausible para semejante tomadura de pelos.
No he visto cosa más horrorosa en mi vida, de verdad.
No obstante, como uno no es de los que se pasa la vida delante de la caja tonta y estoy seguro que puede haber más antologías televisivas o publicitarias del disparate, propongo que a todos aquellos que apetezca, si a alguien le apetece, dejen un comentario/ejemplo de otros bodrios similares. No es que mal de muchos vaya a ser consuelo de tontos, pero quizás podamos hacer un ranking de las mayores gilipolleces vistas por televisión, y eso siempre entretiene.
De verdad de la buena que me he quedado “volado”. Palabra.
jueves, 18 de junio de 2009
De como Rocket se rompió el pito y conoció a Maruja "La Rulos" (III y última parte)
- ¿Y a usté le gusta la tele D. Rocket?
- Tengo poco tiempo para verla. Deportes y películas, y nada de futbol, lo odio – reponde Rocket en un intento de que la conversación no sea tan fluida como ella quisiera.
- Pues fíjese que hay una serie que a mi me tiene en un ¡ay!
Rocket lo sabe antes de que comience, es el culebrón que estaba esperando desde el principio.
- Es una novela de amor de esas que ponen a medio día. No me pierdo ni un capítulo, sabeusté. Son todos tan guapos y hablan tan dulce.
- Ya veo - dice Rocket completamente resignado.
- Y todo es lujo, y cosas bonitas. Y el servicio, ¡que categoría, que uniformes!. A mi me dan un bata y ya está. Y eso que no tengo queja, ¡eh!, que la familia es muy buena y los niños son muy cariñosos conmigo.
- ¿A qué se dedica usted doña Maruja? – pregunta Rocket a pesar de conocer por anticipado la respuesta.
- Soy asistenta en una casa. Cuando llego ayudo al portero a barrer y fregar la escalera, y la comunidad me da un jornalito por eso. A las 08:30 cuando he acabado me voy a casa de mi señora que es el séptimo y le mantengo la casa. Lo mío es fregar, ya ve usté, no di pa más. La familia es muy buena, ya le digo, 20 años llevo haciendo el servicio allí. La señora es muy señora, y el señor es médico, una emidencia. Los niños, que son ya mayores pero siguen siendo mis niños, están estudiando carreras y todo.
- MANUEL GONZALEZ- dice un celador que asoma medio cuerpo por la puerta. Y el joven de la música a volumen ciclotrónico sale de la escena.
- Mis chicas están ya todas casadas, y los chicos uno sí, y el otro hace ya tiempo que se fue de casa, a vivir por su cuenta, natural, es ley de vida y yo, pues…
Cuando Maruja no ha terminado la frase, la yonki cae de su asiento y se golpea con fuerza contra el suelo. Parece estar temblando. “La Rulos” vuelve a brincar del sitio como si la rodilla fuera la de Mohamed Alí en su mejor momento y se acerca hasta ella. La gira, le coge la cabeza con mucho cuidado y la sostiene, le aparta el pelo de la cara y busca en su cabeza un corte o una brecha. No hay sangre. La peina un poco con la mano, la retiene contra su pecho por un instante, luego la retira un poco y le pregunta “¿te encuentras bien bonita?”, “Me he hecho daño” balbucea la yonki en voz muy baja, apenas si puede mover los labios. Yo me he acercado para volver a ayudar a “La rulos” a ponerla en su sitio, o más bien para hacerlo yo, porque levantar a semejante saco de huesos no requiere ningún esfuerzo.
Antes de que lo haga dos celadores entran por la puerta, apartan sin violencia a Maruja y a Rocket y exploran por un momento a la yonki. Llevan guantes de latex y sus movimientos son precisos, expertos, completamente fríos, impersonales
Uno de ellos hace un gesto al otro que entra en el pasillo y vuelve con una silla de ruedas. Sientan a la yonki y la dejan allí, en un rincón, medio desmayada y con la cabeza literalmente colgando del tronco.
Maruja ha presenciado todo el proceso desde la silla contigua a donde la pobre infeliz tenía la cabeza.
- ¿Qué es lo que tiene la muchacha? – les pregunta Maruja con cierta dulzura.
- Pues un bajón señora, el mono para que usted me entienda.
- ¡Ah!, ¿y la van a dejar ustedes ahí?
- No le va a pasar nada señora, no se preocupe - y los camilleros se dan la vuelta y encaran la puerta de salida.
Y ahí es donde Maruja, doña Maruja García, se transforma, se crece y siente como le crece la madre que lleva dentro.
- ¡PERO QUÉ ES ESTO! – grita con fuerza “La rulos” ante el estupor de todos los presentes y, especialmente, de Rocket.
Los camilleros se dan la vuelta al unísono espantados por el alarido que nuestra protagonista acaba de dar.
- ¡Que venga un médico ahora mismo!
- Señora, no se exalte, ahora mismo le van a atender a usted, no se preocupe que seguro que no es nada malo lo suyo.
- ¡Pero que dice usté de lo mío!, ¡AL CARAJO CON LO MÍO!, ¡¿no ha visto usté cómo está esta criatura?!, ¡que venga un dotor ahora mismo!
- Señora, tranquilícese, es una yonki, ya ha venido otras veces, no le pasa nada no…
- ¡Que le he dicho que venga un médico ya o monto aquí el espetáculo!
Los camilleros están perplejos ante la escena de Maruja sentada junto a la yonki, sosteniéndole la cabeza y mirándoles con ojos de auténtica furia. Rocket comienza a divertirse con la escena, empieza a sospechar por donde vienen los tiros, y no da crédito.
- D. Rocket – dice “La Rulos” - ¡écheme usté una mano, que estos señores no me hacen caso!, ¡Mire como está esta niña y estos señores la quieren dejar asín!
Los camilleros no parecen animarse a llamar a un médico. Una yonki y la maruja que parece haber decidido amadrinarla no son suficientemente importantes para alterar el rígido turno de atención en urgencias.
- Llamen ustedes a un médico – tercia Rocket – la chiquilla no tiene muy buen aspecto.
- No se preocupe usted, si ahora dentro de un poco vendrán a llevársela y…
-¡Pero es que no tienen ustedes corazón! – interviene Doña Maruja - ¿es que no ven como tiembla?, ¡Un poco de caridad, hombre!, ¡denme ustedes algo para cubrirla que no para de tiritar!, piense usté que fuera su hermana, o su hija o una amiga y tenga usted un poco de humanidad… por favor.
Maruja ha ido cambiando el tono de rabia a solicitud a lo largo de su corto pero contundente discurso, y es imposible describir la sensación que causan esas palabras, esa ternura, esa exigencia amable en mi y, por lo que se ve, en los presentes, porque no habían transcurrido ni tres minutos cuando uno de los celadores vuelve con una camilla y el otro con una manta térmica.
Doña Maruja espera con una sonrisa a que pongan a la chica en la camilla, “ya sabía yo que eran ustedes muy majos y muy buenos mozos”, y la arropa con la manta, le frota las manos y los brazos para que coja temperatura y se queda con ella de pie… confortándola, acariciándola, mimándola.
A Maruja se la trae al pairo si tiene o no piojos, si tiene o no tiene el SIDA, si es joven o mayor, puta o virgen, le da igual si sus padres son marqueses o gitanos, si es ingeniero nuclear o no pasó de sexto de EGB, si la engañaron para meterse en la droga o es la camello del barrio. No, a Maruja todo eso le da igual, lo que ve es un ser humano en el grado máximo de indefensión, expuesta sin poder valerse por sí misma, nada, en absoluto. Y saca raza, saca a la madre que lleva dentro y la mima, le besa en la frente, le acaricia el pelo, se lo peina.
- Te vas a poner bien bonita, pero me haces el favor de estarte quieta y tranquila, yo voy a estar aquí contigo hasta que venga un dotor a ponerte un tratamiento. ¿Podrían traerme ustedes un pañito con un poquito de agua, por favor?, así la voy lavando una miaja la cara para que el médico la vea un poco presentable, ¡que está hecha unos zorros!- dice Maruja a uno de los camilleros que están como Rocket, aún boquiabiertos.
- Si señora, ¡ahora mismo! – Acierta a decir el segundo celador que sale disparado hacia el interior de urgencias y vuelve en menos que lo cuento con un montón de gasas y un bote de suero fisiológico.
Maruja le lava la cara, le quita toda la roña acumulada, pero ya no está sola, los dos celadores se han puesto manos a la obra y comienzan a lavarla también las manos, los brazos. Paran un momento y se miran entre ellos, “el box dos está libre” dice uno, “ahí no va nadie asignado salvo que venga un tráfico fuerte”, dice el otro, “¡Hombre!, ¡mala suerte tendría que ser!”, replica, “venga Manolo, vamos para allá y usted señora, acompáñenos que vamos a un sitio que podamos asear un poco a la señorita”. Y desaparecen por la puerta que da acceso a urgencias.
- ¡Joder con la vieja! Dice el estirao
- ¿A qué te refieres? – dice Rocket mirándole de frente mientras no descarta la posibilidad de soltarle la hostia que le tenía asignada ahora que no hay testigos.
- Pues a que es la primera vez que veo que un paciente da instrucciones de cómo hacer las cosas con criterio y responsabilidad y, además, le hacen caso, ¡y la llaman señorita!.
- Sentido común.
- Si que lo es, juzgué mal a la maruja.
- Pues casi te cuesta un par de dientes, chato.
Y el estirao vuelve a su teclado, cabizbajo.
- ¿ROCKET LAUNCHER? – dice una médico rubia, pelo largo y pijama insinuantemente despegado del cuerpo que acaba de entrar en la sala de espera para regocijo de Rocket. La doctora en cuestión parece más salida de Sports Illustrated que de la facultad de medicina.
- Soy yo – dice Rocket mientras esboza mentalmente una sonrisa de nerviosismo ante la contemplación de semejante colega.
- Sígame
Rocket está a punto de decir algo así como “hasta el fin del mundo, chata” o alguna otra gilipollez similar, pero reflexiona y decide que, dadas las circunstancias, mejor no tocarle las narices a nadie que está de guardia a las 04:30 de la madrugada.
Pasan por un pasillo estrecho con pared a la derecha y cortinas cerradas a la izquierda. Es evidente que en urgencias puede haber muchas cosas, pero no hay ninguna intimidad, aquí la eficacia prima sobre el confort. La doctora en cuestión abre la cortina e invita a Rocket a pasar y sentarse sobre la camilla.
- Dígame qué le pasa
- Creo que me he roto el pito
- Hombre, es evidente que, a juzgar por la mancha de sangre que luce usted en el pantalón, algo le ocurre, pero si se lo ha roto o no lo decido yo que para eso soy médico. Bájese los pantalones.
Rocket está a punto de protestar y decir que él también es médico, pero el mero hecho de oír de semejante rubia la expresión “bájese los pantalones”, hace que se convierta en un dulce corderito a merced de su doctora particular. Los hombres que somos así.
Se desnuda de cintura para abajo. Contempla por primera vez el desaguisado. Aquello tiene una pinta infame. Todo es de color rojo. La urólogo se agacha ligeramente para ver los daños, va a por unas gasas y limpia con cierta energía la zona y, una vez limpia sostiene el pene de Rocket en una mano mientras se acerca la vista para ver la lesión.
Sí, Rocket es médico, y militar, a lo mejor hasta es médico militar, o ejecutivo militar o funambulista médico. Da igual. Ante semejante situación y con 28 primaveras que Rocket contaba por aquella época, la naturaleza es fuerte y sabia y comienza a obrar en consecuencia, la erección es prácticamente inmediata.
- ¡Oiga! – dice la por un momento sorprendida facultativa
- Lo siento, es sin querer – responde un no demasiado azorado y sí muy divertido Rocket.
- ¡Pues contrólese un poco hombre, que va a usted a desangrarse!
- Mire usted, yo no siempre puedo controlar mis impulsos sabe, eso lo hacen los monjes zen, y son vírgenes.
La muy malvada se queda mirando a los ojos de Rocket por un momento, éste piensa que quizás algo en su ingeniosa ocurrencia ha divertido e interesado a la espectacular galena, pero comete un error porque la reacción de ésta es sacudirle dos “tobas” en pleno glande con el objeto de conseguir que éste pierda su “alegría”, cosa que consigue.
- Se ha roto usted el frenillo.
- ¿Y cómo ha sido eso?, nunca he tenido problemas de fimosis y el puedo garantizar que…
- ¿Ha practicado usted sexo con la ropa puesta?- interrumpe la urólogo
- Si, ¿pero cómo lo…?
- Es muy típico, sin lubricación hay desgaste y con la ropa puesta la lubricación va a parar a la ropa interior. Un esfuerzo más de la cuenta y ¡chas! – ese “¡chas!” a Rocket le pareció desagradable e innecesario
- Jamás pensé que…
- Sí, típico, es muy común. Le voy a dar tres puntos, dentro de unos días vaya a su especialista, se los quitará y le dará recomendaciones.
Ahorraré a los sufridos lectores los detalles sobre la cura practicada al pene de Rocket, digamos que no fue agradable, pero si interesante por la cháchara con la doctora.
Cuando Rocket sale del box se cruza de frente con un traumatólogo amigo suyo que está de guardia.
- ¡Coño Rocket!, ¿qué haces tú por aquí?
- ¡Uf!, es largo de contar, ¡llevo una nochecita!, me voy para casa que estoy molido.
- ¿Un café antes de irte?, yo voy a la sala de médicos a tomar uno
- Te acompaño y te cuento.
Cuando pasan por delante de otro de los box, ve a la yonki ya con el goteo puesto.
- Esta chiquilla estaba en la sala de espera conmigo, no te puedes imaginar lo que ha ocurrido – le dice Rocket a su amigo
- Pues que ha habido una maruja que le ha salvado la vida.
Rocket para en seco y agarra a su amigo por el brazo.
- ¿Cómo que le ha salvado la vida?
- Tenía la tensión por los suelos, estaba bradicárdica perdida, a punto de entrar en parada. Si esa mujer no llega a obligar a los celadores a llamarnos ahora estaría fiambre, ha habido que chutarla a base de bien.
- ¡Joder! – dice Rocket
- El caso es que la vieja tiene cojones, yo mismo la he atendido de lo suyo, un desgarro en el rotuliano, muy feo, va a estar con la pierna en alto una temporada, y es muy doloroso, pero cuando estaba con la yonki parecía que ni le dolía, y de pie sin moverse de su lado. ¡La gente de su generación que está hecha de otra pasta, nos hemos quedado todos impresionados!
- ¿La has mandado para casa?
- Si, ahora mismo, ¿por qué?
Rocket sale corriendo en dirección a la salida “¡Te llamo mañana y te cuento!, ¡y consígueme el teléfono de la uróloga rubia!”
Rocket se la encuentra caminando despacito y cojeando en dirección a la parada de taxis.
- ¡Doña Maruja! – grita Rocket para que se pare
Ella se da la vuelta, parece cansada y dolorida pero sonríe cuando ve a Rocket.
-¡Hola D. Rocket!, ¡¿cómo está usté?!
- ¿Dónde va usted?
- A coger un tasis, a estas horas no hay autobuses y no puedo andar muy bien, me duele un rato sabe usté. Es que me ha dicho el doctor que me he hecho…
- No se preocupe Doña Maruja, que le llevo yo en mi coche y me va contando usted por el camino.
-¡Uy, ni hablar, que es muy tarde y tiene usté que descansar!
- Doña Maruja - dice Rocket mientras le tiende el brazo para que ella se agarre – no sea usted pesada, véngase conmigo que se ahorra usted unas pesetillas y a mi no me cuesta nada, lo hago encantado.
- Bueno, ¡pues si insiste usté!, ¡que buen galán está usté hecho!, ¡fíjese, una birria como yo del brazo de tan buen mozo!
- Ande, ande, no sea zalamera y sígame contando lo de la serie esa que le gusta a usted que ve a medio día.
- ¡Uy, pues está muy interesante!, Verá, la hija del dueño de la empresa tiene un lío en secreto con el chofer de…
Y ese fue el principio de una bonita amistad. Doña Maruja García, una de las personas con más sentido del civismo, de la solidaridad y del amor por los demás que he conocido en mi vida. Una de las millones de personas en España por las que merece la pena partirse la cara.
Al día siguiente llamé a mi amigo, y la llamada dio bastante de sí. Conseguí el teléfono de Patricia (la urólogo) y llegué a tener una breve relación con ella, pero es un tostón salir con alguien que conoce tu cuerpo mejor que tú. El Estirao era un consejero de una Comunidad Autónoma vecina a Madrid. Su problema era, al igual que en House, que se había metido el teléfono móvil por el culo. Se mantenía sentado porque no podía ponerse de pie y se había venido a Madrid para evitar el escándalo. ¡El muy gilipollas!. Todos los de urgencias recibieron instrucciones de guardar doble secreto sobre el asunto. El claro ejemplo de esos otros millones de personas en España por las que espero que se parta la cara su puta madre.
FIN
lunes, 8 de junio de 2009
De como Rocket se rompió el pito y conoció a Maruja "La Rulos" (Intermedio)
Sólo unas breves líneas para explicar a los dos lectores habituales de este blog que yo no soy el responsable del retraso en la entrega de la tercera parte de este mini serial. La culpa es de Doña Maruja, que anda todo el rato protestando en mi cerebro porque no le gusta como cuento el final de la historia.
Así que un poco de paciencia hasta que me pongo de acuerdo con ella, cosa que no es fácil, y atino en el relato.
¡Es que ustedes no saben cómo se las gasta!
lunes, 1 de junio de 2009
De como Rocket se rompió el pito y conoció a Maruja "La Rulos" (II Parte)
En la parte izquierda de la sala, la que da abiertamente al pasillo por el que se mueven los médicos y enfermeras en turno de urgencias, hay una yonki, en no muy buen estado, que a duras penas se tiene derecha en la silla. Frente a ella al otro lado de la sala, en la parte derecha, hay una señora de unos cincuenta y tantos, rulos con redecilla en la cabeza, bata de guatiné, zapatillas de andar por casa de felpa con relleno de borrego y cara de mala leche, se le aprecia un hematoma de considerables dimensiones en la rodilla derecha.
Siguiendo con la vista otros dos metros, también en la parte derecha, un joven de unos 20, camiseta del Che, cascos y discman con música irreconocible pero a un volumen infame, tiene la ceja izquierda rota, pero no se aprecian más contusiones, así que probablemente se ha dado un “trompazo” él sólo. Se queja bastante “¡Mmmm, mmmm!”, pero dudo que sea consciente que el resto lo sabemos, con el volumen de música que se gasta no puede oír ni sus pensamientos.
Por último, en un rincón apartado de todo el mundo, un hombre serio, con gafas montadas al aire y cara perfectamente afeitada. Viste informal, pero se nota a la legua que lleva ropa tan cara que no tiene ni que llevar un logotipo visible. De su bolsillo derecho cuelga un llavero con la estrella de Mercedes, y en su muñeca izquierda luce un Rolex Submariner que brilla más que los fluorescentes del techo. Se ha traído el portátil y no para de aporrear las teclas mientras nos mira de soslayo, como diciendo “yo no debería estar aquí con esta chusma”. No se le aprecia ninguna contusión, casi se diría que no tiene nada evidente, claro que nunca se puede fiar uno de las apariencias, si está en urgencias por algo será.
Yo me siento entre el del portátil y el muchacho de la música, a una distancia prudencial de ambos, equidistante. No es la sala de espera de urgencias de un hospital un sitio donde apetezca tener una animada charla sobre Nietzsche, y éstos dos parecen tener cara de tener la misma opinión al respecto. Claro que Murphy y su dichosa ley siempre están ahí para tocarnos las pelotas.
- ¡Ay, Señor bendito! – dice la señora de los rulos con voz que simula ser baja pero que es perfectamente audible.
- ¡Cristo soberano! – dice a continuación.
Rocket piensa que esta mujer, en algún momento, la va a montar, y que maldita la gracia que le va a hacer que además de estar tocado donde más duele, le vengan a recitar el rosario (Misterios Gozosos los primeros) o el último capítulo de “Cristal” o como se llame el culebrón de moda. Las alarmas de Rocket se han disparado, “La rulos” tiene ganas de cháchara y él es el único que parece en disposición de dársela. “El estirao” está con su portátil, el muchachuelo con su música y la yonki a Venus en un barco o, me temo, ya de regreso a nado. Rocket sabe que el peligro es inminente.
- ¿Ya usté qué le pasa? – pregunta “La Rulos” a Rocket tras haber buscado insistentemente su mirada.
- Pues no lo sé, para eso estoy aquí, para ver si me lo dicen – contesta Rocket tratando de dar por zanjada la conversación.
- ¡Ah! – dice ella un tanto desilusionada por la respuesta y la falta de espíritu comunicativo.
Rocket suspira aliviado, su táctica ha dado resultado, la ha bloqueado antes de que ella tuviera una respuesta preparada, un hilo de conversación al que agarrarse. ¡Pero que ingenuo que es Rocket!
- Pues yo me he caído, sabeusté – contraataca “La Rulos”
-“Joder” - piensa Rocket
- No sé muy bien cómo ha sido, pero un visto y no visto, de pie y de repente de rodillas en el suelo, no le digo más. Un mamporrazo.
- ¡Uy, pues si se ha mareado usted lo mejor es que esté tranquila y espere que venga un médico, no hable ni haga nada, que puede ser peor! – dice Rocket en un último esfuerzo por detener lo que se avecina.
- ¡Quiá!, si lo de los mareos es de las cerviciales, que lo tengo yo sabido de hace tiempo, ¡pero la rodilla…!, ¡es que me duele a rabiar!.
Rocket sonríe, impasible el ademán, aunque por dentro está que trina. “¡Me tenía que tocar la plasta”
- Ea, pues no se preocupe que eso se lo van a curar en un momento, tenga paciencia mujer.
A Rocket, desde pequeño, le han enseñado a tratar de ser amable con la gente. En algún momento del proceso de aprendizaje Rocket se debió perder en los detalles, porque siempre le pasa lo mismo. De amable, a veces, le toman por tonto, o por gilipollas, y eso es algo que, como todo el mundo sabe, no soporta..
En un gesto inesperado, “La Rulos” se levanta con dificultad de su sitio y se va a sentar, pasito a pasito, al lado de un estupefacto Rocket.
- No le importará a usté que me siente aquí a su lado, ¿verdad?, es que a mi los sanatorios me dan así como un poco de congoja.
- No mujer, no se preocupe - miente Rocket.
- Fíjese usté. Cinco criaturas paridas y aún ni una miaja me gustan los hospitales. No me acostumbro.
- Nadie, mujer, nadie se acostumbra.
- Pues eso, eso mismo es lo que me decía mi difunto Mariano, pobre él, que Dios le tenga en su gloria.
Rocket calla “¡no por Dios, la historia de Mariano no!”
- Murió de un cancer de pulmón, sabeusté, cinco años hace que me falta, ¡el pobrico!.
- Pues lo siento mucho señora.
- Gracias, hijo, gracias. Un hombre bueno y cabal. Un poco golfainas, pero buen marido y buen padre. Ni una vez la mano encima me puso, en treinta años, ¡fíjese!. Era conductor de autobús, en la EMT, hacía la línea 12. ¿Va usté mucho en autobús?
- No señora. Yo viajo mucho, y cuando estoy en Madrid uso mi coche. Por la comodidad.
- Si ya se le ve a usté, ya. Un señorito, y muy bien educao. Tie usté muy buena planta. Loquitas debe traer usté a las mozas.
- Pues no se crea usted, no – dice Rocket mientras empieza a pensar en las tribus del norte de la India famosas por saber suicidarse tragándose su propia lengua.
- ¡Ná!, a las niñas de hoy en día sólo les gustan los melenudos esos que salen pegando gritos por la tele. El mundo al bies, lo que yo le diga. ¿Y en qué me ha dicho usté que trabajaba?
Rocket está a punto de decirle la verdad cuando ocurre un acontecimiento inesperado. La yonki se cae de la silla.
Puedo jurar que el “cardenal” de “La Rulos” no era ni falso, ni fingido, y que los golpes capaces de generar semejantes hematomas tienen, necesariamente, que ser muy dolorosos, especialmente en la rodilla. Sin embargo nuestra "pesadilla" particular salta como un resorte de su asiento y se cruza, casi a la carrera, la sala para tratar de incorporar a la yonki.
Rocket se ha quedado sentado, sin saber muy bien qué hacer. Por un lado la yonki le importa una mierda “ya vendrá alguien a ayudarla, y si no que le parta un rayo, ella se lo ha buscado” y por otro lado le ha dejado impresionado la reacción de “La Rulos”. Cuando ve los esfuerzos de ésta por tratar de levantar, no más de 40 kilos pero a peso muerto, a la yonki del suelo, Rocket decide actuar. Se levanta y le ayuda. La Yonki huele a una mezcla de mugre, orín y miseria. No puede ni articular palabra, y apenas puede abrir los ojos. Tiene el pelo sucio, la cara sucia, las manos sucias, las uñas sucias. Todo ella es, ¿cómo decirlo?, desolación.
A todo ésto los otros dos “enfermos” no han hecho sino mirar, un poco atónitos, la escena.
- ¡Ay, hijo, muchas gracias! Es usté muy amable.
Levantamos a la yonki. Yo quiero sentarla, pero “La rulos” me dice que no. “Mejor tumbada” me dice, “no vaya a ser que se vuelva a caer”.
Dejamos “el fardo” tumbada en varios asientos. Yo hago intención de volver a mi sitio, pero “La rulos” se queda aún un momento más asegurándose que la yonki no se va a caer, que se queda tumbada pero estable.
Vuelven ambos, Rocket ayudando a “La Rulos” que ahora anda con dificultad, al asiento.
- Maruja García, para servirle a usté.
- Launcher, Rocket Launcher, un placer.
- Es usté un caballero. Da gusto. No como éstos, que ni una pestaña han movido.
El muchacho de la música no se entera de nada. Está en su mundo. En su mundo dolorido, porque la ceja se le está hinchando a ojos vista.
El otro personaje, sin embargo, parece tener un momento de bravura mal entendida.
- ¡Oiga señora, cállese de una vez, métase en sus asuntos y déjenos en paz a los demás!
No le ha caído bien desde el principio este tipejo a Rocket. Tiene un algo que no le gusta un pelo. Nadie se lleva un portátil a urgencias, y menos en 1998. Nadie está perfectamente bien afeitado a las 3 de la mañana. Nadie se pone de punta en blanco para ir a un hospital
- Cállate tú, monín, y muestra un poco de respeto, no vaya a ser que te tragues el portátil - dice Rocket.
No es que Maruja le caiga bien, pero no piensa consentir que el gilipollas de “el estirao” se haga el gallo en su gallinero.
- ¡Oiga! – repite el afectado - ¡No le consiento…
- ¡A CALLAR, COÑO!
No nos engañemos. Rocket no tiene media hostia. Al menos no en apariencia. Es todo huesos y fibra. Pero sabe usar la voz. ¡Vamos que si sabe!
“El estirao” pone cara de indignación, pero se calla. Maruja mira a Rocket sin decir una palabra, pero en sus ojos se puede ver que le considera una especie de caballero andante, le mira con admiración.
La hemorragia no cesa y la mancha es cada vez mayor. Rocket sabe que Maruja se ha dado cuenta cuando han incorporado a la yonki, pero no le ha dicho ni mu. Una vez sentados Maruja le habla en voz Baja.
- ¿Quiere que llame a un médico D. Rocket?
- ¡Ni hablar doña Maruja!
(Continuará)
martes, 26 de mayo de 2009
De como Rocket se rompió el pito y conoció a Maruja "La Rulos" (I Parte)
Madrid, sábado 14 de marzo de 1998, 02:00 de la madrugada. Rocket está a punto de conseguir “un punto”.
Lleva hablando con ella tres horas. No es una modelo internacional, pero es bastante mona y, sobre todo, le ha soportado toda “la charla” con una sonrisa en los labios, sin inmutarse, hablando poco y riendo mucho, pero muy bajito, casi con timidez. “Eres muy simpático Rocki”, dice con voz muy dulce mientras toma un pequeño sorbo de su copa sin dejar de mirarle por encima del vaso. Ante esa observación Rocket está ya seguro, ésta no se le escapa.
Apura el último trago de la enésima copa de una forma un poco teatral, y le propone ir a un sitio más “íntimo”, es decir, a la parte trasera de su coche. Ella sonríe un poco más abiertamente y asiente sin decir una palabra. A Rocket le da la sensación que ella estaba esperando esa insinuación hacía, al menos, una hora, pero ha preferido asegurarse para evitar un derrape por impaciencia. No hay nada peor a que una dama te de plantón con la noche avanzada.
Sale Rocket, pobre él, con la satisfacción que sólo el ego masculino proporciona cuando se confirma una conquista y caminan juntos hasta el coche mientras improvisa alguna chorrada que le quite un poco de tensión al momento, a su momento. Es el rey del mundo. James Bond es, obviamente, un mierdecilla y un aprendiz de brujo comparado con él. A Rocket no le hace falta smoking y Aston Martin para ligar, no esa noche.
Cuando entran en el coche comienzan las sorpresas. Ella se abalanza sobre Rocket sin darle siquiera tiempo a meter la llave en el contacto, -¡Joder con la timidita!- piensa él mientras trata de acomodarla de forma que la palanca de cambios no realice funciones que no le corresponden, - ¡y parecía del Opus, cagoendiez!- continua pensando.
A partir de aquí, el desbarajuste. En lugar de haber parado la situación y haber arrancado el coche para buscar uno de esos descampados que proporcionara “la intimidad” que había prometido, Rocket comienza un movimiento pélvico, frote de tela contra tela, lleno de ritmo y sensualidad que haría palidecer al mismísimo Rocco Siffredi. Cada vez más rápido, cada vez más fuerte, buscando el contacto de sus cuerpos a través de la ropa.
La escena es entonces un poco surrealista. Dos y media de la mañana en Madrid, coche aparcado en plena calle, Rocket sentado frente al volante de su coche con una señorita a horcajadas sobre él y 25 personas en el exterior viendo en directo, y de manera gratuita, un espectáculo erótico soft, mientras beben sus copas y comentan la, por otro lado, aún inocente jugada.
Pasan unos minutos en este “sí es pero no es” hasta que Rocket recupera por un momento el juicio y decide que es momento de ahorrar energías y libido y salir “echando chispas” hacia ese descampadito, “muy cuco y desde el que se ve todo Madrid”, donde dar rienda suelta a la pasión y el desenfreno, a ser posible ya sin ropa… y sin espectadores. Todo ello después de haber bajado la ventanilla y haberse acordado, y no para bien, de la madre que ha parido a todos las mironas y mirones que lo estaban pasando divinamente en el exterior y que comenzaban a realizar apuestas incomprensibles.
Cuando la chusma se ha dispersado y la señorita en cuestión vuelve al asiento del copiloto, Rocket siente una incipiente humedad en la zona pélvica. Investiga de qué se trata y descubre que es una mancha de sangre.
- ¡Pero, coño, cómo no me avisas!
- ¿Que te avise de qué Rocki?
- Leñe, pues que estás mala.
- Yo no estoy mala Rocki, acabé la semana pasada – responde ella
- ¿Ah, si? ¿Y entonces ésto qué es? – le dice el pobre Rocket mientras le enseña en la yema de uno de sus dedos una pequeña muestra de sangre.
- Pues debe ser tuyo Rocki, porque yo no me he manchado.
La indignación por la molestia y coste que iba a suponer llevar la prenda al tinte, da paso a una cara de asombro que cambia hacia preocupación cuando Rocket comienza a sentir un extraño cosquilleo en la punta de su… en la punta.
Con cierto mimo, introduce su mano en los recién estrenados pantalones de pana y comprueba que efectivamente, por desgracia, puede confirmar que hay claros signos de hemorragia.
- Tendría que haberme dicho que eras virgen Rockie – dice la esporádica protagonista de esta parte del relato.
- Permíteme que te corrija querida, los hombres no sangramos al desflorarnos, y además, este fusil lleva más tiros pegados que una compañía de fusileros de Infantería de Marina, y se encuentra en perfecto estado de funcionamiento y revista.
- Pues yo que tú me acercaba a una armería porque yo soy chica y de ésto no entiendo mucho, pero me da la sensación que no es muy normal que la gente vaya por ahí sangrando por el chuflillo.
No se puede negar que la criatura tenía razón. Rocket ha puesto en modo ON la cara de “aquí no pasa nada”, así que acompaña en coche a la señorita a su casa, que afortunadamente está cerca, y tras intercambio de teléfonos y promesa, incumplida, por parte de Rocket de informar sobre el alcance y estado de la lesión en días posteriores, parte rumbo a un centro hospitalario.
Como Rocket es lo que es, es decir, médico, militar, catedrático, piloto y funambulista, además de ejecutivo de una multinacional, y no le apetece ser reconocido en la sala de espera de un hospital con un manchón de sangre en la entrepierna, elige para “echar un vistazo a la avería” uno de esos hospitales grandes, impersonales, donde te tratan a patadas pero no te hacen demasiadas preguntas.
Disimula la mancha, que se acrecienta con el paso del tiempo y la acción de la hemorragia, anudándose un jersey en la cintura y haciendo que las mangas cuelguen por delante.
- Buenas noches – dice Rocket con aparente frialdad.
- A las buenas – responde el sanitario que atiende en la ventanilla de urgencias – Dígame qué le ocurre.
- Creo que me he roto algo en el pene.
- ¡Ajá!, ¿Algo más?
- Si le parece a ud. poco...
- Bueno, pues pase a la sala de espera 28 que le avisarán allí. ¿Me permite su carnet de la Seguridad Social o documento similar?
Rocket saca su carnet militar, el de docente de la facultad de física, la cartilla S.S., la licencia federativa, el pase del casino de Mingo Rubio y una estampita de la Virgen de los Desamparados que siempre lleva encima los fines de semana para ver si le ayuda a comerse algún rosco…
- Creo que con éste será suficiente – dice el sanitario mientras elige el carnet de benefactor de la fundación “Oso de Asturias” que inadvertidamente se ha colado entre todos los presentados.
Entra Rocket en la sala de espera y echa un vistazo a la concurrencia antes de tomar asiento.
El paisaje es anodino, el paisanaje es desolador…
(Continuará)

martes, 19 de mayo de 2009
Carta abierta a Antonio Vega
Estimado Antonio,
Eres un cabrón.
Si, ya sé que estás muerto y ahora yo debería estar echándote flores, que es lo que se estila en España. Es de buena educación hablar bien de los muertos. A eso casi todo el mundo se apunta. Pero yo no, gilipollas.
Los 2 lectores de este blog se escandalizarán porque Rocket insulte a un indefenso finado, pero es que tú ya eras indefenso en vida, y así la cosa cambia.
No pienso decir ni una palabra de tu sensibilidad, ni de lo bien que me lo he pasado toda la vida con tu música, no pienso decir que has sido una víctima de las circunstancias, que la vida te sonrió para luego carcajearse de tus maltrechos y evidentes huesos. Todo eso ahora me importa un carajo. Te jodes.
No hablaré de tu tristeza, ni de tu alegría, de tu auge y caída, siempre para volver a levantarte, siempre para volver a caer. Un jodido desastre. A mi, ahora mismo, tu intimismo me la suda.
No te pienso contar nada de lo bien que lo pasé en aquel concierto en la sala Jácara en el 88 cuando os despedíais oficialmente como Nacha Pop, ni de lo mucho que me gustó tu primer disco en solitario. Te quedas sin saberlo, tonto de los cojones.
Me dicen que has muerto de cáncer de pulmón. Que es posible que toda la mierda que te habías metido en vida no tuviera nada que ver. Que hay gente con 51 años sanos como manzanas que mueren de lo mismo sin haberse metido “un chute” en su vida. Me lo dicen… pero yo no me lo creo.
Te perdono toda la mierda “soy superprogre en 1981 porque me meto heroína” y te perdono no haber salido de ella a tiempo. Te perdono la inmensa pena que sentiste cuando se te fue Marga, con la que habías conseguido no sólo sentar la cabeza sino salir del agujero. Te perdono que nunca te preocupara estar en los huesos, o que quizás no pudieras evitarlo.
Te perdono tu mirada demacrada cuando nos cruzábamos por la calle y yo venía de tomarme unas cañas (litros, para ser exacto) y tú habías salido, supongo, a dar un paseo. Te perdono todo eso y más. Me cuesta, pero te lo perdono. Pero jamás te perdonaré haberte muerto ahora, justo ahora, cuando empezabas a levantar, otra vez, cabeza.
Eso no se nos hace. Hijoputa.
Eres un cabrón.
Si, ya sé que estás muerto y ahora yo debería estar echándote flores, que es lo que se estila en España. Es de buena educación hablar bien de los muertos. A eso casi todo el mundo se apunta. Pero yo no, gilipollas.
Los 2 lectores de este blog se escandalizarán porque Rocket insulte a un indefenso finado, pero es que tú ya eras indefenso en vida, y así la cosa cambia.
No pienso decir ni una palabra de tu sensibilidad, ni de lo bien que me lo he pasado toda la vida con tu música, no pienso decir que has sido una víctima de las circunstancias, que la vida te sonrió para luego carcajearse de tus maltrechos y evidentes huesos. Todo eso ahora me importa un carajo. Te jodes.
No hablaré de tu tristeza, ni de tu alegría, de tu auge y caída, siempre para volver a levantarte, siempre para volver a caer. Un jodido desastre. A mi, ahora mismo, tu intimismo me la suda.
No te pienso contar nada de lo bien que lo pasé en aquel concierto en la sala Jácara en el 88 cuando os despedíais oficialmente como Nacha Pop, ni de lo mucho que me gustó tu primer disco en solitario. Te quedas sin saberlo, tonto de los cojones.
Me dicen que has muerto de cáncer de pulmón. Que es posible que toda la mierda que te habías metido en vida no tuviera nada que ver. Que hay gente con 51 años sanos como manzanas que mueren de lo mismo sin haberse metido “un chute” en su vida. Me lo dicen… pero yo no me lo creo.
Te perdono toda la mierda “soy superprogre en 1981 porque me meto heroína” y te perdono no haber salido de ella a tiempo. Te perdono la inmensa pena que sentiste cuando se te fue Marga, con la que habías conseguido no sólo sentar la cabeza sino salir del agujero. Te perdono que nunca te preocupara estar en los huesos, o que quizás no pudieras evitarlo.
Te perdono tu mirada demacrada cuando nos cruzábamos por la calle y yo venía de tomarme unas cañas (litros, para ser exacto) y tú habías salido, supongo, a dar un paseo. Te perdono todo eso y más. Me cuesta, pero te lo perdono. Pero jamás te perdonaré haberte muerto ahora, justo ahora, cuando empezabas a levantar, otra vez, cabeza.
Eso no se nos hace. Hijoputa.
jueves, 14 de mayo de 2009
Facun "El Metralla"

06:15 de la mañana miércoles 11 de mayo de 2009, Madrid. Rocket con la legaña sacando dinero de un cajero. Tiene que coger un taxi para irse al aeropuerto, tiene una reunión NATO, un Congreso de Cirujía Cardiovascular, una reunión con patrocinadores de F1 y una conferencia sobre mergers & acquisitions, todo en Amsterdam (Flandes) y todo en dos días. Esto del pluriempleo puede ser muy duro.
Se dispone Rocket, como digo, a retirar el dinero con el que abonar el taxi y otros pequeños gastos. Solicita la cantidad, retira la tarjeta y se planta en la acera a la espera de un taxista madrugador.
Siente unos pasos a la espalda. Cuerpo en tensión. Alguien dice “perdona colega”. Músculos rígidos como cuerdas de piano. Rocket se gira y siente como la adrenalina se dispara en vena, puño derecho instintivamente cerrado, pierna izquierda un paso hacia atrás, no sabe si para golpear o para ganar ese paso al salir corriendo. Tiene ante sí a un punky (pequeña cresta incluida) de metro noventa que se dirige hacia él con algo en la mano. Rocket agacha levemente la cabeza (ya le rompieron una vez la nariz y no le gustó la experiencia) suelta la bolsa que lleva en la mano izquierda, se prepara, “esto no puede traer nada bueno” piensa para sí mismo, “con las pocas ganas que tengo yo de darme de hostias” continúa pensando.
Se dispone Rocket, como digo, a retirar el dinero con el que abonar el taxi y otros pequeños gastos. Solicita la cantidad, retira la tarjeta y se planta en la acera a la espera de un taxista madrugador.
Siente unos pasos a la espalda. Cuerpo en tensión. Alguien dice “perdona colega”. Músculos rígidos como cuerdas de piano. Rocket se gira y siente como la adrenalina se dispara en vena, puño derecho instintivamente cerrado, pierna izquierda un paso hacia atrás, no sabe si para golpear o para ganar ese paso al salir corriendo. Tiene ante sí a un punky (pequeña cresta incluida) de metro noventa que se dirige hacia él con algo en la mano. Rocket agacha levemente la cabeza (ya le rompieron una vez la nariz y no le gustó la experiencia) suelta la bolsa que lleva en la mano izquierda, se prepara, “esto no puede traer nada bueno” piensa para sí mismo, “con las pocas ganas que tengo yo de darme de hostias” continúa pensando.
- Perdona colega – repite el punky y alarga el brazo en dirección a Rocket.
Rocket siente los 150 latidos que su corazón está dando por minuto en la vena hinchada de su cuello. Se plantea si tomar la iniciativa y soltar el primer cañonazo, una hostia con el puño en la mandíbula o el plexo solar, o una tradicional, y muy efectiva, patada en los huevos.
Y el Punky le enseña 120 €
- Te lo has dejado en el cajero colega. Se ve que has tirado de tarjeta pero te has dejado la guita. Muy sobao tienes que estar.
- ¡Joder! - es lo único que acierta a decir Rocket en un principio mientras siente una leve relajación fruto de la sorpresa.
- Tranqui tronco, te devuelvo tu viruta y me piro.
- Perdona tío, pero ¿me estás devolviendo la pasta?.
- Claro tronco, al dar la vuelta a la esquina me he dado cuenta que te la has dejado… y es un putadón, porque seguro que los del banco iban a pasar de tu culo si se la reclamabas.
- Joder tío, pues gracias.
- ¡Bah!, ¡no es nada!, hoy por ti y mañana por mi.
Y el punky empieza a andar calle abajo mientras saca un cigarro de un maltrecho paquete de marlboro duro, muy arrugado, y se lo enciende.
- ¡Eh, colega!- grita Rocket antes de que se aleje demasiado y no pueda oirlo.
El punky se gira sobre sí mismo pausadamente.
- Dime…
- ¿Has desayunado?
Ahora la cara de sorpresa la pone el Punky que no se esperaba esta reacción.
- Joder pues no…
-Pues te invito a desayunar, si te apetece, me acabas de ahorrar 120 € y hay un bareto aquí en la esquina.
- Lo sé, vivo al lado – El punky reflexiona un momento calibrando si debe o no aceptar la invitación. – ¡Hace!, pero rápido que no quiero llegar tarde al curro.
- Me llamo Rocket – le dice cuando se ha acercado lo suficiente como para estrecharle la mano.
- Facundo, pero todos me llaman “El Metralla”
No hablan nada desde la esquina hasta el bar. Metralla es punky, Rocket es pijo, no sabemos si tienen mucho que decirse, o quizás si.
Cuando llegan al bar se instalan en la barra uno frente al otro con los codos apoyados, parecen dos estatuas contrapuestas. El camarero, que acaba de abrir, mira a la extraña pareja con los ojos muy abiertos. No entiende como "El Metralla" se presenta con un pijo que le resulta familiar, quizás sea también del barrio.
- Ustedes dirán – dice el camarero.
- ¿Tienes la plancha encendida? – Pregunta Rocket
- Si señor.
- Pues para mi un bocata de panceta, si puede ser con pimientos.
- ¡Joder tronco!, ¡eso es tener buen gusto!, ponme otro igual para mi Mariano.
- Cuéntame, ¿por qué "El Metralla"?
- Es por mi forma de potar. Tengo bastante fuerza en el abdomen y cuando vomito los tropezones salen disparados como la metralla de una mina. Todo el mundo se queda acojonado.
- Curioso… nunca había oído un mote tan descriptivo.
- Pues tengo una colega a la que sus amigas llaman “Iguazú”…
Y se ríen los dos con ganas. Ese día Rocket descubre a un tío estupendo.
El menor de 5 hermanos, viste a lo punky por su hermano mayor, que sí que lo era (para disgusto familiar), y que murió en un accidente de tráfico cuando él era un bebé, y también porque le encanta los berrinches que se lleva su madre cada vez que le ve salir de casa con las botas militares, los pantalones vaqueros de pitillo, los cinturones de tachuelas, la camisa de leñador con cuadros rojos y negros, y la chupa vaquera con las mangas recortadas y dibujos a boli con la A de anarquía y el texto “Parálisis Permanente” en la espalda. Ésta última prenda es auténtica, la herencia más preciada de su hermano mayor.
Tiene 21 años y por las mañanas trabaja de albañil. Sigue teniendo curro porque es formal, bastante manitas y no se mete en líos. Espera que la jodía crisis no haga que le pongan de patitas en la calle porque necesita la guita para no costarle un duro a sus padres y tener cierta libertad. Acaba de empezar otra obra y tiene para año y pico, así que de momento no está demasiado preocupado, “…pero nunca se sabe…” dice.
Por la tarde va a clase, está estudiando veterinaria (¡veterinaria!), que es la carrera que siempre ha querido estudiar. Habla pausado, pero no despacio, parece buscar siempre un lenguaje deliberadamente vulgar, barriobajero, pero a veces se le nota demasiado que el colega en cuestión ha leído algo más que las letras de "Kortatu" y la "Polla Records".
No tiene novia y le gusta una tía de la facultad, pero está en otra clase y aún no ha podido “darle la barrila”, “igual me tiene un poco de miedo, pero por mis huevos que mirarme me mira, Rocket, y no sólo por curiosidad. Y yo le miro a la cara y se me cae la baba”.
Su madre es extremeña, una ama de casa de las de toda la vida, hija de un cabo de la Guardia Civil, y el padre un empleado de una caja ya jubilado que vino de Bilbao a Madrid a ganarse la vida en los 60.
Tiene un hermano abogado y otro que sigue los pasos de su padre en la caja de ahorros, salvo que es director. El otro vive en Venezuela, trabaja en algo relacionado con una contratista de Repsol, gana plata y vive bien, sin grandes lujos. Viene con la mujer y su hijo todas las navidades, y su madre se pasa dos días llorando de emoción por verle y otros dos llorando a moco tendido porque se va. “No entiendo a las tías, colega, ya podía llorar sólo una de las dos veces y se ahorraba el disgusto y no daba la murga, aunque yo creo que llora por lo de Pablo, aquello fue un putadón tremendo, nunca lo han terminado de superar”.
A Facun, “El Metralla”, le encanta hacer botellón. Fiel al estilo que él mismo se ha elegido, pasa de rones, vodkas o whiskey, él se dedica a la litrona (Mahou “a poder ser y si es fresquita mejor”) aunque no le hace ascos al kalimotxo. Sabe que lo de punky se le acaba en cuanto pase de tercero de carrera, “porque si tienes suerte puedes empezar a hacer prácticas”, pero mira con cierto recelo mis pantalones chinos, mi camisa de Polo, mi cazadora de navegar y mis zapatos de ante.
“Joder Rocket, es que te miro y me planteo si yo acabaré como tú, como mis hermanos, hecho un jodío burgués, y sé que la respuesta es sí, pero aún no estoy preparado, seis meses más, acabar el curso… o que Susana me haga caso, eso cambiaría la situación”. Susana es, obviamente, la niña de la facultad.
Sus colegas no son punkies, son gente “normal”, algunos de la facultad, otros del instituto, “y luego están los colegas del baloncesto”, con los que juega en la liga municipal.
Acabamos el bocata y la coca-cola que hemos pedido para acompañarlo. El tío quiere pagar, le digo que nones, y que tanto siendo militar, como ejerciendo de médico, he matado a miles de personas en mi vida y que no me toque los cojones que soy peligroso. Se troncha de risa, tiene una carcajada alegre, abierta, sincera, legal. Pago.
Vamos a despedirnos al salir y por curiosidad le pregunto dónde tiene la obra. Coincidencia, me pilla de camino. Corremos para coger el taxi, vamos los dos tarde y los dos odiamos llegar tarde. El taxista se queda "flipado". Seguimos hablando en el coche. Al llegar nos intercambiamos los móviles, vamos a quedar un día a tomar unas tapas “sólo si me dejas pagar” y yo le digo que alguna cosa le dejaré pagar, pero poco, que ya tendrá tiempo cuando sea veterinario de invitarme.
“Rocki, tío, ha sido un placer. Quedamos la semana que viene, o la otra. Gracias por el desayuno, me ha sabido a gloria”.
Nos despedimos y camino al aeropuerto, a coger un avión que probablemente seguirá estando ahí porque en España no hay forma humana de que un avión despegue a su jodida hora, sólo puedo pensar dos cosas.
La primera que me gustaría tener un hermano pequeño como Facun “El Metralla” y segundo, que la niña rubita y pecosa de la Facultad de Veterinaria está a punto de conocer a un tío acojonante. Con mis consejos es imposible que se le escape, y, para su desgracia, será un burgués ejemplar.
Para que se fíe uno de la primera impresión.
No escarmiento, ya me pasó un día con Maruja “La Rulos”. ¿Que quién es “Maruja la Rulos”?
Next time, baby, next time…
Rocket siente los 150 latidos que su corazón está dando por minuto en la vena hinchada de su cuello. Se plantea si tomar la iniciativa y soltar el primer cañonazo, una hostia con el puño en la mandíbula o el plexo solar, o una tradicional, y muy efectiva, patada en los huevos.
Y el Punky le enseña 120 €
- Te lo has dejado en el cajero colega. Se ve que has tirado de tarjeta pero te has dejado la guita. Muy sobao tienes que estar.
- ¡Joder! - es lo único que acierta a decir Rocket en un principio mientras siente una leve relajación fruto de la sorpresa.
- Tranqui tronco, te devuelvo tu viruta y me piro.
- Perdona tío, pero ¿me estás devolviendo la pasta?.
- Claro tronco, al dar la vuelta a la esquina me he dado cuenta que te la has dejado… y es un putadón, porque seguro que los del banco iban a pasar de tu culo si se la reclamabas.
- Joder tío, pues gracias.
- ¡Bah!, ¡no es nada!, hoy por ti y mañana por mi.
Y el punky empieza a andar calle abajo mientras saca un cigarro de un maltrecho paquete de marlboro duro, muy arrugado, y se lo enciende.
- ¡Eh, colega!- grita Rocket antes de que se aleje demasiado y no pueda oirlo.
El punky se gira sobre sí mismo pausadamente.
- Dime…
- ¿Has desayunado?
Ahora la cara de sorpresa la pone el Punky que no se esperaba esta reacción.
- Joder pues no…
-Pues te invito a desayunar, si te apetece, me acabas de ahorrar 120 € y hay un bareto aquí en la esquina.
- Lo sé, vivo al lado – El punky reflexiona un momento calibrando si debe o no aceptar la invitación. – ¡Hace!, pero rápido que no quiero llegar tarde al curro.
- Me llamo Rocket – le dice cuando se ha acercado lo suficiente como para estrecharle la mano.
- Facundo, pero todos me llaman “El Metralla”
No hablan nada desde la esquina hasta el bar. Metralla es punky, Rocket es pijo, no sabemos si tienen mucho que decirse, o quizás si.
Cuando llegan al bar se instalan en la barra uno frente al otro con los codos apoyados, parecen dos estatuas contrapuestas. El camarero, que acaba de abrir, mira a la extraña pareja con los ojos muy abiertos. No entiende como "El Metralla" se presenta con un pijo que le resulta familiar, quizás sea también del barrio.
- Ustedes dirán – dice el camarero.
- ¿Tienes la plancha encendida? – Pregunta Rocket
- Si señor.
- Pues para mi un bocata de panceta, si puede ser con pimientos.
- ¡Joder tronco!, ¡eso es tener buen gusto!, ponme otro igual para mi Mariano.
- Cuéntame, ¿por qué "El Metralla"?
- Es por mi forma de potar. Tengo bastante fuerza en el abdomen y cuando vomito los tropezones salen disparados como la metralla de una mina. Todo el mundo se queda acojonado.
- Curioso… nunca había oído un mote tan descriptivo.
- Pues tengo una colega a la que sus amigas llaman “Iguazú”…
Y se ríen los dos con ganas. Ese día Rocket descubre a un tío estupendo.
El menor de 5 hermanos, viste a lo punky por su hermano mayor, que sí que lo era (para disgusto familiar), y que murió en un accidente de tráfico cuando él era un bebé, y también porque le encanta los berrinches que se lleva su madre cada vez que le ve salir de casa con las botas militares, los pantalones vaqueros de pitillo, los cinturones de tachuelas, la camisa de leñador con cuadros rojos y negros, y la chupa vaquera con las mangas recortadas y dibujos a boli con la A de anarquía y el texto “Parálisis Permanente” en la espalda. Ésta última prenda es auténtica, la herencia más preciada de su hermano mayor.
Tiene 21 años y por las mañanas trabaja de albañil. Sigue teniendo curro porque es formal, bastante manitas y no se mete en líos. Espera que la jodía crisis no haga que le pongan de patitas en la calle porque necesita la guita para no costarle un duro a sus padres y tener cierta libertad. Acaba de empezar otra obra y tiene para año y pico, así que de momento no está demasiado preocupado, “…pero nunca se sabe…” dice.
Por la tarde va a clase, está estudiando veterinaria (¡veterinaria!), que es la carrera que siempre ha querido estudiar. Habla pausado, pero no despacio, parece buscar siempre un lenguaje deliberadamente vulgar, barriobajero, pero a veces se le nota demasiado que el colega en cuestión ha leído algo más que las letras de "Kortatu" y la "Polla Records".
No tiene novia y le gusta una tía de la facultad, pero está en otra clase y aún no ha podido “darle la barrila”, “igual me tiene un poco de miedo, pero por mis huevos que mirarme me mira, Rocket, y no sólo por curiosidad. Y yo le miro a la cara y se me cae la baba”.
Su madre es extremeña, una ama de casa de las de toda la vida, hija de un cabo de la Guardia Civil, y el padre un empleado de una caja ya jubilado que vino de Bilbao a Madrid a ganarse la vida en los 60.
Tiene un hermano abogado y otro que sigue los pasos de su padre en la caja de ahorros, salvo que es director. El otro vive en Venezuela, trabaja en algo relacionado con una contratista de Repsol, gana plata y vive bien, sin grandes lujos. Viene con la mujer y su hijo todas las navidades, y su madre se pasa dos días llorando de emoción por verle y otros dos llorando a moco tendido porque se va. “No entiendo a las tías, colega, ya podía llorar sólo una de las dos veces y se ahorraba el disgusto y no daba la murga, aunque yo creo que llora por lo de Pablo, aquello fue un putadón tremendo, nunca lo han terminado de superar”.
A Facun, “El Metralla”, le encanta hacer botellón. Fiel al estilo que él mismo se ha elegido, pasa de rones, vodkas o whiskey, él se dedica a la litrona (Mahou “a poder ser y si es fresquita mejor”) aunque no le hace ascos al kalimotxo. Sabe que lo de punky se le acaba en cuanto pase de tercero de carrera, “porque si tienes suerte puedes empezar a hacer prácticas”, pero mira con cierto recelo mis pantalones chinos, mi camisa de Polo, mi cazadora de navegar y mis zapatos de ante.
“Joder Rocket, es que te miro y me planteo si yo acabaré como tú, como mis hermanos, hecho un jodío burgués, y sé que la respuesta es sí, pero aún no estoy preparado, seis meses más, acabar el curso… o que Susana me haga caso, eso cambiaría la situación”. Susana es, obviamente, la niña de la facultad.
Sus colegas no son punkies, son gente “normal”, algunos de la facultad, otros del instituto, “y luego están los colegas del baloncesto”, con los que juega en la liga municipal.
Acabamos el bocata y la coca-cola que hemos pedido para acompañarlo. El tío quiere pagar, le digo que nones, y que tanto siendo militar, como ejerciendo de médico, he matado a miles de personas en mi vida y que no me toque los cojones que soy peligroso. Se troncha de risa, tiene una carcajada alegre, abierta, sincera, legal. Pago.
Vamos a despedirnos al salir y por curiosidad le pregunto dónde tiene la obra. Coincidencia, me pilla de camino. Corremos para coger el taxi, vamos los dos tarde y los dos odiamos llegar tarde. El taxista se queda "flipado". Seguimos hablando en el coche. Al llegar nos intercambiamos los móviles, vamos a quedar un día a tomar unas tapas “sólo si me dejas pagar” y yo le digo que alguna cosa le dejaré pagar, pero poco, que ya tendrá tiempo cuando sea veterinario de invitarme.
“Rocki, tío, ha sido un placer. Quedamos la semana que viene, o la otra. Gracias por el desayuno, me ha sabido a gloria”.
Nos despedimos y camino al aeropuerto, a coger un avión que probablemente seguirá estando ahí porque en España no hay forma humana de que un avión despegue a su jodida hora, sólo puedo pensar dos cosas.
La primera que me gustaría tener un hermano pequeño como Facun “El Metralla” y segundo, que la niña rubita y pecosa de la Facultad de Veterinaria está a punto de conocer a un tío acojonante. Con mis consejos es imposible que se le escape, y, para su desgracia, será un burgués ejemplar.
Para que se fíe uno de la primera impresión.
No escarmiento, ya me pasó un día con Maruja “La Rulos”. ¿Que quién es “Maruja la Rulos”?
Next time, baby, next time…
Luis, Querido, gracias por el dibujo, como siempre genial.
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