Es difícil hablar de la gente que sale de tu vida, aún más si es gente tan excepcional como Ana.
Ana le daba un nuevo sentido a la palabra discreción. Puede imaginarse el lector a una persona tímida, apocada, siempre a la sombra quizás de su marido, pero no era éste el caso.
Ana tenía un estricto sentido del saber estar, y su forma de ser era fiel reflejo de sus convicciones. "No pueden querer mandar dos en el mismo barco, Rocket, eso no funciona". Así que asumía su papel de "poder" en la sombra de manera enérgica pero delicada, aconsejando y apoyando en las decisiones sin ser ella quien las tomara si no le correspondían o, por el contrario, impidiendo cualquier tipo de intromisión que no fuera un buen consejo cuando era su misión decidir.
Y ha sido una excelente consejera.
Siempre tuvo un elevado sentido de la responsabilidad, del deber. Nunca la he visto escurrir el bulto por pesada o dura que fuera la tarea, no sólo por su increíble capacidad de trabajo, sino por su firme convicción de que uno tiene que hacer lo que le corresponde, de lo contrario otro tendrá que hacerlo por uno, y eso es profundamente injusto.
Jamás la he visto cambiar uno sólo de sus principios, forjados con el ejercicio de una voluntad de hierro, ni aunque mantenerlos le costara alguna que otra penuria. No era de ese tipo de personas. El transfuguismo, y no sólo el político, le provocaba nauseas. "Roma no paga traidores".
Era una persona dulce, pero no empalagosa, suave, pero no blanda, cariñosa, pero no melosa.
No escatimaba cumplidos si eran necesarios, pero no perdonaba la crítica si era de justicia. No era de las que creía que los cercanos tenían que tener razón o haber actuado correctamente sólo por serlo. De sus "lecturas de cartilla" he aprendido siempre mucho, lecciones que no tienen precio. Ese sentido de la ecuanimidad terminaba de redondear su carácter hasta convertirla en una persona verdaderamente excepcional.
Desconfiaba, y me incitaba a desconfiar, de los aduladores y lameculos, de los que siempre me daban la razón. "Recuerda Rocket que, como decía Quevedo, bien puede haber puñalada sin lisonja, pero pocas veces hay lisonja sin puñalada".
Fue una persona firme, no cabe duda de ello, y sin embargo rara vez era brusca. Sólo a veces, cuando hablaba de política, se exaltaba un poco, y todos cuantos estábamos a su alrededor nos reíamos de ello.
Ha sido una excelente compañera de viaje durante toda mi vida.
El pasado día 13 de octubre moría en el Hospital Puerta del Mar de Cádiz, Ana, mi madre.
Una verdadera dama.
P.D.
Quien esperara un panegírico lleno de ternura y sensibilidad se equivocaba. Esas cosas se quedan en la intimidad. Doña Ana merecía que se hablara de su caracter y forma de ser mucho más allá del ámbito familiar, de su valía como el extraordinario ser humano que ha sido, además de madre y esposa.
martes, 20 de octubre de 2009
miércoles, 7 de octubre de 2009
Solidaridad
Angel, al que no tengo el gusto de conocer de nada, me pidió vía email el pasado viernes que me sumara a una de las tantas iniciativas que circulan por internet.
Ésta, en concreto, animaba a los bloggers a escribir sobre la solidaridad, en cualquiera de sus vertientes y facetas, desde un punto de vista personal.
La solidaridad es como los ferraris, todo el mundo habla de ellos pero nadie los arranca.
Hace poco un grupo de insensatos campistas me llamaron insolidario a voz en grito por echarles de una propiedad privada. Curioso el concepto que tenemos de la solidaridad. Concepto de quita y pon, según nos vaya la feria en ello, he de decir.
La solidaridad debería ser un algo absoluto, inequívoco, no sujeto a interpretaciones ni objeto de apropiación, pero creo que, como el concepto de justicia, eso es una quimera.
Ayer un militar español murió en Afganistán. Su BMR pisó una mina, poco importa ahora si convencional o improvisada, e hizo, al parecer, volcar el vehículo. El resultado son dos huérfanos que, si no me equivoco, cobrarán una pensión de mierda hasta que sean mayores de edad y una indemnización de cuatro perras por no volver a ver a su padre, nunca, jamás.
Hoy por la mañana en todas las tertulias radiofónicas, un alto porcentaje de los contertulios de las principales cadenas de radio (Onda Cero, SER, COPE y Punto Radio que yo haya podido oír) abogaban por una retirada de las tropas de Afganistán e, incluso, alguno lo exigía por solidaridad con las familias de los 90 compatriotas que han perdido la vida en este conflicto. Por solidaridad.
Me pregunto si sabemos lo que hacemos en Afganistán y me respondo que no, que nadie parece darse cuenta de algo tan evidente.
Estamos en Afganistán por dos motivos fundamentales. El primero por seguridad, para demostrar a una panda de extremistas asesinos y analfabetos y a todos cuantos les secundan, apoyan e imitan en medio mundo que no hay sitio en la tierra donde se puedan esconder para preparar y trazar sus planes contra nosotros. Y el segundo para demostrarles a éstos mismos y a todos cuantos les jalean, justifican o disculpan, que no pensamos consentir que nos digan cómo vivir, ni que nos lleven de vuelta a la edad media o a la de las cavernas.
En ese empeño no hay gente que esté dispuesta a morir. No tenemos suicidas en nuestras filas, no los necesitamos. Pero en ese empeño, digo, sí que hay gente que está dispuesta a asumir riesgos para cumplir órdenes, para realizar las tareas asignadas. Es mentira que estemos allí para reconstruir un país. Nuestra verdadera misión es devolver a Afganistán al Siglo XX (el XXI sería pretencioso) y asegurar su estabilidad para que puedan "crecer" por sí solos, sin seguir los caprichosos designios de terroristas mesiánicos, señores de la guerra o del opio, reyezuelos, jefes de tribu o el primer jodido desaprensivo que sea capaz de comprar un poco de poder.
Yo soy solidario con el cabo que murió ayer, y soy solidario con su familia y con sus compañeros, soy solidario con las dos soldados que, con dos pelotas, se prestaron voluntarias para conducir camiones en un convoy de riesgo cuando sus compañeros masculinos desobedecieron y dijeron que no irían.
Soy solidario con las niñas afganas que, no muy lejos de Herat, tienen que andar kilómetros, cargadas como mulas y tratadas como tal, para llevar agua a sus casas. Soy solidario con los que opinan que la libertad no es gratuita, que hay que ganarla cada día porque siempre hay quien nos la quiere arrebatar. No por medios violentos obviamente, éstos deben ser siempre la última opción, sino con el ejercicio de nuestra propia libertad y la defensa de la de nuestro vecino.
Soy solidario con los que enseñan el corán como una religión, no como una doctrina y soy solidario con los que piensan que Dios no existe pero respetan las creencias ajenas siempre y cuando éstas no atenten contra la dignidad o sean meras estafas. Y sí, soy solidario con los británicos, americanos, holandeses, polacos, italianos, neozelandeses, australianos, suecos y noruegos, daneses, franceses, búlgaros, turcos, checos, griegos, portugueses, belgas, alemanes, canadienses y soldados de otra veintena de nacionalidades que, cada día, se juegan su pellejo en Afganistán pensando, estando convencidos, que con eso preservan el nuestro.
Soy solidario con los que, de uniforme o no, se levantan cada día en las zonas del mundo más castigadas con miseria y destrucción, esas zonas donde la palabra ayuda significa mucho más que hacer una llamada telefónica o descargar un coche.
Soy solidario con mi vecino, soy solidario con mi portero, soy solidario con el frutero de Mercadona, el conductor de autobús de la línea 115, el policía municipal, el Director de Marketing de Vodafone y el ama de casa que cada mes se las ve y se las desea para que le cuadren las cuentas. Soy solidario con el soldado y el Tte. General. Soy solidario con la gente de bien.
Y déjenme que les diga una cosa, soy profundamente, visceralmente, insolidario con los que, por un mero asunto laboral, han saboteado en Santa Bárbara la puesta a punto de unos nuevos vehículos que, de haber sido acabados a tiempo, habrían sido entregados en Afganistán y, quizás, haber evitado la muerte del cabo Ancor.
La RAE define solidaridad como la "adhesión circunstancial a la causa o la empresa de otros".
Y yo hoy, como ayer y mañana, me solidarizo con quienes tienen una visión justa de la sociedad, no homogénea, ni monolítica, sino simplemente justa.
Ya dije cuál era mi sentido de la justicia en http://ustedporquienmetoma.blogspot.com/2009/03/los-desmemoriados.html
Ésta, en concreto, animaba a los bloggers a escribir sobre la solidaridad, en cualquiera de sus vertientes y facetas, desde un punto de vista personal.
La solidaridad es como los ferraris, todo el mundo habla de ellos pero nadie los arranca.
Hace poco un grupo de insensatos campistas me llamaron insolidario a voz en grito por echarles de una propiedad privada. Curioso el concepto que tenemos de la solidaridad. Concepto de quita y pon, según nos vaya la feria en ello, he de decir.
La solidaridad debería ser un algo absoluto, inequívoco, no sujeto a interpretaciones ni objeto de apropiación, pero creo que, como el concepto de justicia, eso es una quimera.
Ayer un militar español murió en Afganistán. Su BMR pisó una mina, poco importa ahora si convencional o improvisada, e hizo, al parecer, volcar el vehículo. El resultado son dos huérfanos que, si no me equivoco, cobrarán una pensión de mierda hasta que sean mayores de edad y una indemnización de cuatro perras por no volver a ver a su padre, nunca, jamás.
Hoy por la mañana en todas las tertulias radiofónicas, un alto porcentaje de los contertulios de las principales cadenas de radio (Onda Cero, SER, COPE y Punto Radio que yo haya podido oír) abogaban por una retirada de las tropas de Afganistán e, incluso, alguno lo exigía por solidaridad con las familias de los 90 compatriotas que han perdido la vida en este conflicto. Por solidaridad.
Me pregunto si sabemos lo que hacemos en Afganistán y me respondo que no, que nadie parece darse cuenta de algo tan evidente.
Estamos en Afganistán por dos motivos fundamentales. El primero por seguridad, para demostrar a una panda de extremistas asesinos y analfabetos y a todos cuantos les secundan, apoyan e imitan en medio mundo que no hay sitio en la tierra donde se puedan esconder para preparar y trazar sus planes contra nosotros. Y el segundo para demostrarles a éstos mismos y a todos cuantos les jalean, justifican o disculpan, que no pensamos consentir que nos digan cómo vivir, ni que nos lleven de vuelta a la edad media o a la de las cavernas.
En ese empeño no hay gente que esté dispuesta a morir. No tenemos suicidas en nuestras filas, no los necesitamos. Pero en ese empeño, digo, sí que hay gente que está dispuesta a asumir riesgos para cumplir órdenes, para realizar las tareas asignadas. Es mentira que estemos allí para reconstruir un país. Nuestra verdadera misión es devolver a Afganistán al Siglo XX (el XXI sería pretencioso) y asegurar su estabilidad para que puedan "crecer" por sí solos, sin seguir los caprichosos designios de terroristas mesiánicos, señores de la guerra o del opio, reyezuelos, jefes de tribu o el primer jodido desaprensivo que sea capaz de comprar un poco de poder.
Yo soy solidario con el cabo que murió ayer, y soy solidario con su familia y con sus compañeros, soy solidario con las dos soldados que, con dos pelotas, se prestaron voluntarias para conducir camiones en un convoy de riesgo cuando sus compañeros masculinos desobedecieron y dijeron que no irían.
Soy solidario con las niñas afganas que, no muy lejos de Herat, tienen que andar kilómetros, cargadas como mulas y tratadas como tal, para llevar agua a sus casas. Soy solidario con los que opinan que la libertad no es gratuita, que hay que ganarla cada día porque siempre hay quien nos la quiere arrebatar. No por medios violentos obviamente, éstos deben ser siempre la última opción, sino con el ejercicio de nuestra propia libertad y la defensa de la de nuestro vecino.
Soy solidario con los que enseñan el corán como una religión, no como una doctrina y soy solidario con los que piensan que Dios no existe pero respetan las creencias ajenas siempre y cuando éstas no atenten contra la dignidad o sean meras estafas. Y sí, soy solidario con los británicos, americanos, holandeses, polacos, italianos, neozelandeses, australianos, suecos y noruegos, daneses, franceses, búlgaros, turcos, checos, griegos, portugueses, belgas, alemanes, canadienses y soldados de otra veintena de nacionalidades que, cada día, se juegan su pellejo en Afganistán pensando, estando convencidos, que con eso preservan el nuestro.
Soy solidario con los que, de uniforme o no, se levantan cada día en las zonas del mundo más castigadas con miseria y destrucción, esas zonas donde la palabra ayuda significa mucho más que hacer una llamada telefónica o descargar un coche.
Soy solidario con mi vecino, soy solidario con mi portero, soy solidario con el frutero de Mercadona, el conductor de autobús de la línea 115, el policía municipal, el Director de Marketing de Vodafone y el ama de casa que cada mes se las ve y se las desea para que le cuadren las cuentas. Soy solidario con el soldado y el Tte. General. Soy solidario con la gente de bien.
Y déjenme que les diga una cosa, soy profundamente, visceralmente, insolidario con los que, por un mero asunto laboral, han saboteado en Santa Bárbara la puesta a punto de unos nuevos vehículos que, de haber sido acabados a tiempo, habrían sido entregados en Afganistán y, quizás, haber evitado la muerte del cabo Ancor.
La RAE define solidaridad como la "adhesión circunstancial a la causa o la empresa de otros".
Y yo hoy, como ayer y mañana, me solidarizo con quienes tienen una visión justa de la sociedad, no homogénea, ni monolítica, sino simplemente justa.
Ya dije cuál era mi sentido de la justicia en http://ustedporquienmetoma.blogspot.com/2009/03/los-desmemoriados.html
No sé Ángel si era exactamente ésto lo que ibas buscando, pero es lo que me ha salido.
Descanse en paz el Cabo D. Cristo Ancor Cabello, y que su sacrificio no sea en vano.lunes, 5 de octubre de 2009
Maldita Nerea
Nada, no hay forma. Llega uno al último año de la treintena, en fase ya de vejestorio total y no hay forma de que algo le sorprenda. Hablo de música, claro. Otro día hablamos de los telediarios.
Pero insisto, más de lo mismo. Es como si la creatividad se hubiera convertido en una máquina de hacer fotocopias. Nada nuevo bajo el sol, salvo unas pocas, poquísimas sorpresas muy de vez en cuando.
Además, el hecho de que todas las cadenas de radio se hayan pasado del formato "fórmula", que permitía a nuevos grupos darse a conocer, a "el baúl de los recuerdos" en el que todas y cada una de las cadenas ponen la misma música, al mismo tiempo y sólo tiran de "grandes éxitos de ayer y hoy", no facilita que haya algo que sorprenda, que refresque un poco el alma de los que añoramos tiempos donde surgían grupos dignos con una música fantástica un día sí y otro también.
Es como si en España ya no se formaran grupos musicales, nadie compusiera y los músicos se dedicaran, exclusivamente, a hacer versiones de temas de los 70, los 80 y hasta los 90.
Pero yo he encontrado una perla, uno de esos grupos que te llama la atención la primera vez que los oyes y que te gustan, aún más, cuando tienes oportunidad de comprobar como dejan las canciones de redondas, lo bien que tocan y, sobre todo, que las letras son maduras. No están escritas en el cuarto de baño de un avión, se nota que se han sentado con lapiz y papel hasta dejarlas de forma que comunican muy bien lo que quieren.
Carecen, hasta ahora, de cualquier tipo de promoción en las cadenas musicales nacionales, son uno de esos grupos secretos que, sin embargo, tienen miles de seguidores en internet.
Se lo han currado, y eso les concede, todavía, un poco más de mértio.
La canción que incluyo es la perfecta definición de un desamor, de cuando las cosas se mueren, se apagan, se acaban. No es mi favorita, pero les animo a que busquen y escuchen más, especialmente "Piedra, papel y tijera", "Después de todos estos años" o, para los que estén muy enamorados y anden de vez en cuando por el Foro "Tu mirada me hace grande"
Señoras y señores, desde Murcia y Salamanca con ustedes "Maldita Nerea"
"Y sólo digo que / Nunca quise hacerte daño / Pero todo se nos fue / Y aunque ahora somos como extraños / Yo jamás te olvidaré"
¿Qué quieren que les diga?, a mi me encanta.
Pero insisto, más de lo mismo. Es como si la creatividad se hubiera convertido en una máquina de hacer fotocopias. Nada nuevo bajo el sol, salvo unas pocas, poquísimas sorpresas muy de vez en cuando.
Además, el hecho de que todas las cadenas de radio se hayan pasado del formato "fórmula", que permitía a nuevos grupos darse a conocer, a "el baúl de los recuerdos" en el que todas y cada una de las cadenas ponen la misma música, al mismo tiempo y sólo tiran de "grandes éxitos de ayer y hoy", no facilita que haya algo que sorprenda, que refresque un poco el alma de los que añoramos tiempos donde surgían grupos dignos con una música fantástica un día sí y otro también.
Es como si en España ya no se formaran grupos musicales, nadie compusiera y los músicos se dedicaran, exclusivamente, a hacer versiones de temas de los 70, los 80 y hasta los 90.
Pero yo he encontrado una perla, uno de esos grupos que te llama la atención la primera vez que los oyes y que te gustan, aún más, cuando tienes oportunidad de comprobar como dejan las canciones de redondas, lo bien que tocan y, sobre todo, que las letras son maduras. No están escritas en el cuarto de baño de un avión, se nota que se han sentado con lapiz y papel hasta dejarlas de forma que comunican muy bien lo que quieren.
Carecen, hasta ahora, de cualquier tipo de promoción en las cadenas musicales nacionales, son uno de esos grupos secretos que, sin embargo, tienen miles de seguidores en internet.
Se lo han currado, y eso les concede, todavía, un poco más de mértio.
La canción que incluyo es la perfecta definición de un desamor, de cuando las cosas se mueren, se apagan, se acaban. No es mi favorita, pero les animo a que busquen y escuchen más, especialmente "Piedra, papel y tijera", "Después de todos estos años" o, para los que estén muy enamorados y anden de vez en cuando por el Foro "Tu mirada me hace grande"
Señoras y señores, desde Murcia y Salamanca con ustedes "Maldita Nerea"
"Y sólo digo que / Nunca quise hacerte daño / Pero todo se nos fue / Y aunque ahora somos como extraños / Yo jamás te olvidaré"
¿Qué quieren que les diga?, a mi me encanta.
lunes, 28 de septiembre de 2009
Amsterdam
¡Por fin acabo una entrada!
Me cuesta encontrar un rato de tranquilidad para poder escribir alguna de mis estupideces, pero ya no es por desidia, es por simple falta de tiempo.
Flandes, Flandes. Y su capital Amsterdam, tierra de promisión para los que sueñan con la libertad del Siglo XXI. Ya sabe el lector.
No me refiero a la posibilidad de elegir libremente a los representantes del pueblo en sufragio universal, ni a la escolarización obligatoria y gratuita, la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley o el derecho a la propiedad privada. No, me refiero a la posibilidad de fumarse un porro o irse de putas de manera “legal”.
En el imaginario de los post-adolescentes españoles, Amsterdam se presenta como una suerte de nueva Babilonia donde las fuentes manan vino y los perros se atan con longaniza. Pero quizá no sea tan fiero el león como lo pintan.
Visito Holanda por motivos profesionales con bastante frecuencia, y suelo disponer en cada viaje de tiempo libre para visitar, con mis colegas de otros países, la ciudad de los canales, la Venecia del Norte.
Nunca fui fumador de “chuflos”, con mis ducados (“bullshit” decían los Yankees) tenía suficiente, y si alguna vez probaba alguno tampoco le sacaba todo el “partido” que se suponía.
Con respecto al puterío, nunca he sido muy partidario. Mi ego masculino me ha impedido ser usuario de tan ancestral servicio, porque pagando no puntúa y uno tiene su prurito de vanidad. Bien es cierto que el resultado de mis “gestiones” particulares no era siempre exitoso, pero es lo que había, ya saben ustedes, “vacas gordas y vacas flacas”. Eso si, jamás he puesto objeción a que los demás ejerzan su libertad de “visitar” determinados sitios o personas y darse un capricho, o un atracón, a cambio de un pecunio. Allá cada cual con su vida y su moral.
Si que me ha preocupado siempre que los profesionales del “amor” (ellas y ellos, que desde que Loles León afirmó ser usuaria habitual de “compañía” masculina de pago, el asunto de los putos está muy en voga) ejercieran su trabajo desde una decisión personal, sin mafias, imposiciones o chantajes.
Pues bien, esa es la única diferencia entre Amsterdam y España en relación al sexo de pago. Allí quien ejerce la prostitución lo hace libremente. Venden su cuerpo a cambio de vil parnés y, quizás, por ello irán al infierno de cabeza, pero lo harán con sus impuestos pagados, su sanidad en regla, sus derechos y obligaciones satisfechos como cada hijo de vecino y, además, con el carnet de su sindicato que, según he podido leer, cuenta con unas tasas de afiliación cercanas al 100%. Es decir, se irán a tomar el té o hacer el guarro con Belcebú, pero desde el punto de vista de ciudadanos tendrán su expediente más limpio que el de Santo Tomás Moro.
El hecho de que sea legal, la prostitución digo, genera algunos usos y costumbres que chocan con las prácticas pseudo-clandestinas de otras latitudes, incluidas éstas en las que nos encontramos los que leemos este blog. Los escaparates del Barrio Rojo, por ejemplo, suelen ser punto obligado de visita por todos aquellos turistas que pasen por la ciudad. Choca ver a señoritas (o señoras) en mínima ropa interior en un escaparate insinuándose y contoneándose al paso de cualquiera al que consideren un cliente potencial. Las hay que superan en espectacularidad y medidas a las modelos de playboy, otras siguen otro patrón de belleza, las hay más jóvenes, más maduras, gorditas, flacas, altas, bajas, negras, blancas, rubias, morenas, pelirrojas, asiáticas, latinas y, prácticamente, cualquier canon que uno pueda imaginar. Un colmado de carne, según unos, una oferta amplia, según otros.
El caso es que no hay explotación, ni chulos, ni mafias, ni engaños, ni victimismo. Fin de las diferencias.
Por lo que respecta a los clientes, no creo que vayan a encontrar otro comportamiento que el esperado en estos casos en cualquier parte del mundo. Tampoco creo que haya más diferencia con respecto al acuerdo de servicios que se alcancen con las meretrices y sus primos los prostitutos.
Oía la pasada semana en el aeropuerto de Amsterdam mientras esperaba para embarcar de vuelta a la península, a dos caballeros (más bien diría mastuerzos) españoles quejándose de que las putas holandesas eran igual de expeditivas (entiéndase su intención de ir “directamente al grano”) que las españolas, y voceaban, casi, su indignación por un viaje en busca de la nueva frontera del vicio que se había quedado en, cito, “dos polvos con prisa y a la puta calle”.
Volvemos al imaginario colectivo. En Amsterdam la prostitución es legal, pero las prostitutas no te van a buscar a pie del avión a entregarte su cuerpo cuán amante despechada. No sé, pero no creo. Y el que es feo, gilipollas y maleducado lo es aquí y en la Conchinchina. Si para los putos y putas del mundo lo de su cuerpo es negocio, aún más lo será con los que no tienen tirón ni en su casa. Por bocazas y por soplagaitas.
Algo parecido ocurre con el tema de los porros. Aunque resulte difícil, créame el lector, no todos los holandeses fuman porros.
De verdad.
Las madres no utilizan el hachís o la marihuana como complemento dietético para sus querubines, los deportistas no lo consumen, los ejecutivos no lo usan como relajante muscular y las ancianas no alegran sus últimos días en este valle de lágrimas fumándose unos porretes. Su consumo es legal y, verdadera novedad, su comercialización también, pero al margen de ser un atractivo turístico adicional, la vida de la ciudad no gira en torno a su producción, comercialización y consumo.
No hay una secreta camaradería entre fumadores de porros. No se hacen furtivas y esotéricas señas por la calle. No hay patrones de conducta que les identifique. No, no hay nada de eso.
Si antes hablaba de los españoles tripones, puteros y bocazas, ahora lo hago de los post-adolescentes preuniversitarios con la mayoría de edad recién estrenada, y la mental aún por estrenar, y ganas de relatar sus hazañas con el consumo del cannabis.
Veamos pequeñines míos, fumarse diez canutos en una noche no sólo es una jodida barbaridad, sino que me cuesta mucho trabajo creer que hayáis sido capaces de hacerlo y seguir de marcha. Además, ¿cuánto dinero tienen estos niñatos para irse dos días a Amsterdam, comprar más de 40 porros de rojo libanés, polen del rif y no sé cuántas otras exóticas variedades de cannabis (que, sospecho, no son baratas), salir de marcha, beber alcohol a mansalva (éste si que sé que no es barato), y pagarse un hotel, viaje, comidas etc?
“Amsterdam es guay tío, pero la gente no tiene mucha marcha y el tío del coffe shop, ¡un cabrón, menudo precio!” le decía uno al otro mientras escondían sus dilatadas pupilas de la poca luz que había en la terminal parapetándose tras dos estrambóticas gafas de sol.
Así que antes de salir para España, remití un email al Excmo. Ayuntamiento de Amsterdam en el que les rogaba encarecidamente que, siguiendo la visión que en España se tiene de tan hermosa ciudad, y antes las inquietantes opiniones vertidas (vomitadas quizás) por mis compatriotas en sus periplos de vuelta, recapacitasen e incrementasen la cantidad y calidad de los servicios que con tanta fruición son demandados por los españoles.
En lo sucesivo, proponía yo, espero que haya una amplia variedad de putos y putas en las escalerillas (ahora finger) de los aviones con origen en nuestra piel de toro que propongan y proporcionen favores sexuales gratuitos y apasionados a todos cuantos viajen en su interior. Pueden ofrecer, adicionalmente y a modo de bienvenida y prueba de buena voluntad, porros de todas las variedades habidas y por haber acompañados de copazos sin dosificador, hongos alucinógenos, birras múltiples y un sofá cama para descansar, brevemente, antes de continuar con la fiesta.
Aún no me han contestado, pero estoy seguro que lo harán.
viernes, 18 de septiembre de 2009
Desidia
Apático. Así es como me he quedado después de las vacaciones. En blanco, sin ideas, desidioso y remolón. Y no es serio, no lo es. El que tiene un blog tiene un compromiso, ¿o no?
Da igual, excepto por mi permanente jugueteo con el golf y con dejar de fumar, no soy de los que dejan las cosas a medias, y me irrita tener el blog más intermitente que la filmografía de Woody Allen. ¡Maldita sea mi estampa!
Y no es que no lo haya intentado, no señor. He empezado cuatro entradas en las dos últimas semanas, de verdad. Pero se me quedan sin fuerza, interruptus, cuando voy por el cuarto o el quinto párrafo… gatillazo literario.
Estoy seguro que las iré recuperando en los meses de frío invierno pero, mientras, las guardo en el cajón de “no apto” y dejo que se reposen y maduren. Con un poco de suerte se pudrirán y ya no estarán ahí cuando quiera tirar de ellas. ¡Que me den, por perezoso y cigarrón!
Nada, cero, nulo, negativo.
También es cierto que el ritmo de trabajo en las últimas semanas ha sido alto, y que la cabeza la tengo más en el quirófano, el plan de marketing, la nueva suspensión, la reunión NATO de la semana que viene, el número del trapecio o el nuevo planeta extrasolar, que en cualquier otra cosa pero, insisto, ésto no es serio.
Quizás debería irme al cine a inspirarme, a encontrar en una historia ajena y ficticia la parte de verdad en la que me pueda sentir reconocido y luego volver delante del teclado y contarla, soltarla, escupirla o vomitarla. Pero es que, salvo honrosas excepciones, el cine actual es una mierda, especialmente el español, y sólo me inspira bostezos o maliciosas sonrisas de medio lado.
Así que, querido lector, no desista usted de pasar por aquí de vez en cuando porque prometo enmendarme y coger velocidad de crucero, lenta pero constante, el día menos pensado
Por cierto, que no escriba no quiere decir que no lea, y a aquellos de ustedes que tiene su propio blog les tengo bastante vigilados, aunque ustedes, quizás, no lo sepan.
martes, 25 de agosto de 2009
De vuelta
Hay personas a las que les he oído decir que no podrían vivir sin trabajar.
¡¡Pues que pobreza de espíritu, coño!!
De vuelta.
martes, 21 de julio de 2009
Radomir el Intérprete (3ª y última parte)
En las misiones de reconocimiento e inteligencia lo importante no es llegar y acumular información, sino ser capaz de volver a casa para entregarla.
La zona en la que se encuentran es un avispero, ya no sólo oyen fuego de fusilería – señal de que están demasiado cerca – sino ametralladoras pesadas y artillería. Palabras muy mayores. Hora de volver. Sin embargo la cautela guía sus pasos, y toman más precauciones que nunca para encontrar una ruta de vuelta que eluda, en la medida de lo posible, las vías que las diferentes facciones utilizan para llegar al “fregao”. Una ruta “C” que no estaba planificada.
A los franceses no les gusta nada la situación, demasiados blindados, demasiado armamento pesado, demasiadas señales de radio, demasiado de todo. Los británicos comparten su idea y los españoles aprovechan para estudiar y analizar tanto como les es posible; ya que es una putada estar allí, al menos, que sirva de algo. Radomir tiene miedo, como los demás, pero lo oculta, o controla, con la misma profesionalidad que el resto. Si el intérprete hubiera sido militar habría sido uno de los buenos, de los muy buenos.
Deciden hacer marcha doble para ganar un poco de espacio en la vuelta. No es fácil avanzar en un terreno tan escarpado pero es necesario alejarse de esa zona lo antes posible, sin prisa, pero sin pausa. Son muchos días de comida fría, de dormir a la intemperie, de adrenalina fluyendo. El cansancio ya se nota en lo que se deja entrever a través de las pinturas, que ya han formado un todo con la piel de la cara.
A medida que avanzan van entrando en zona con menos “tránsito”, se han alejado de cualquier carretera, camino, pista o sendero por el que pueda entrar algo que no sea infantería en fila india, no quieren tener “contacto” con medios mecánicos, contra esos no tienen nada que hacer.
Hacen, por fin noche, en un monte a unos 20 kilómetros hacia el sur. Desde la cima se puede ver una carretera estrecha a unos 4 ó 5 kilómetros. Hay tráfico militar, pero están demasiado lejos para suponer una amenaza. Es un buen sitio para tomar aliento y descansar, al día siguiente quieren volver a forzar la marcha para acortar el regreso.
Durante la guardia de los españoles, la más dura de sus vidas, Radomir se ausenta un momento haciendo un gesto, suponen que para tener un minuto de intimidad higiénica, pero pasan los minutos y no vuelve. Algo no va bien. Alertan al resto, algo ha ocurrido, quizás se ha caído y herido, o quizás ha sido “interceptado” por alguna patrulla. En cualquier caso hay que buscarle. Esperan al más tenue amanecer para empezar a buscar, los franceses se apostan para proporcionar cobertura, los británicos y los españoles dibujan un perímetro imaginario y se reparten los cuadrantes. Es difícil buscar cuando pueden ser ellos los buscados, pero lo hacen de la manera más “sigilosa” posible. Cuando han cubierto cada uno su cuadrante, vuelven al punto de origen. Nada. No ha sido un accidente, no se hubiera alejado tanto en plena noche. A Radomir lo han “cazado”.
A uno de los franceses le ha parecido ver un grupo a pie que llegaba hasta la carretera, paraba un camión y subía en él, pero tampoco puede jurarlo. Hay mucha distancia y sus prismáticos se rompieron hace dos días. Demasiada distancia, quizás, para que sea la patrulla que, previsiblemente, ha capturado a Radomir.
La zona en la que se encuentran es un avispero, ya no sólo oyen fuego de fusilería – señal de que están demasiado cerca – sino ametralladoras pesadas y artillería. Palabras muy mayores. Hora de volver. Sin embargo la cautela guía sus pasos, y toman más precauciones que nunca para encontrar una ruta de vuelta que eluda, en la medida de lo posible, las vías que las diferentes facciones utilizan para llegar al “fregao”. Una ruta “C” que no estaba planificada.
A los franceses no les gusta nada la situación, demasiados blindados, demasiado armamento pesado, demasiadas señales de radio, demasiado de todo. Los británicos comparten su idea y los españoles aprovechan para estudiar y analizar tanto como les es posible; ya que es una putada estar allí, al menos, que sirva de algo. Radomir tiene miedo, como los demás, pero lo oculta, o controla, con la misma profesionalidad que el resto. Si el intérprete hubiera sido militar habría sido uno de los buenos, de los muy buenos.
Deciden hacer marcha doble para ganar un poco de espacio en la vuelta. No es fácil avanzar en un terreno tan escarpado pero es necesario alejarse de esa zona lo antes posible, sin prisa, pero sin pausa. Son muchos días de comida fría, de dormir a la intemperie, de adrenalina fluyendo. El cansancio ya se nota en lo que se deja entrever a través de las pinturas, que ya han formado un todo con la piel de la cara.
A medida que avanzan van entrando en zona con menos “tránsito”, se han alejado de cualquier carretera, camino, pista o sendero por el que pueda entrar algo que no sea infantería en fila india, no quieren tener “contacto” con medios mecánicos, contra esos no tienen nada que hacer.
Hacen, por fin noche, en un monte a unos 20 kilómetros hacia el sur. Desde la cima se puede ver una carretera estrecha a unos 4 ó 5 kilómetros. Hay tráfico militar, pero están demasiado lejos para suponer una amenaza. Es un buen sitio para tomar aliento y descansar, al día siguiente quieren volver a forzar la marcha para acortar el regreso.
Durante la guardia de los españoles, la más dura de sus vidas, Radomir se ausenta un momento haciendo un gesto, suponen que para tener un minuto de intimidad higiénica, pero pasan los minutos y no vuelve. Algo no va bien. Alertan al resto, algo ha ocurrido, quizás se ha caído y herido, o quizás ha sido “interceptado” por alguna patrulla. En cualquier caso hay que buscarle. Esperan al más tenue amanecer para empezar a buscar, los franceses se apostan para proporcionar cobertura, los británicos y los españoles dibujan un perímetro imaginario y se reparten los cuadrantes. Es difícil buscar cuando pueden ser ellos los buscados, pero lo hacen de la manera más “sigilosa” posible. Cuando han cubierto cada uno su cuadrante, vuelven al punto de origen. Nada. No ha sido un accidente, no se hubiera alejado tanto en plena noche. A Radomir lo han “cazado”.
A uno de los franceses le ha parecido ver un grupo a pie que llegaba hasta la carretera, paraba un camión y subía en él, pero tampoco puede jurarlo. Hay mucha distancia y sus prismáticos se rompieron hace dos días. Demasiada distancia, quizás, para que sea la patrulla que, previsiblemente, ha capturado a Radomir.
Sólo cabe una solución, a nadie le gusta tomarla, pero han de acelerar el paso y salir de aquella zona cuanto antes. Si le interrogan terminará hablando, y puede dar información de cómo y dónde localizarles. Pasan a Plan “D”, cambio de ruta, aún más hacia el sur para tratar de hacer después un ángulo recto y tratar de alcanzar, al día siguiente el pueblo donde hicieron noche. No entrarán esta vez, pero desde ahí tienen varias alternativas, una de ellas descender hasta la carretera del Neretva que une Mostar y Sarajevo, esperar el paso de un convoy e identificarse. No es del todo ortodoxo, pero puede funcionar.
Les pesa en la conciencia dejar a Radmoir a su suerte, no poder hacer nada, caiga en las manos que caiga puede pasarlo muy mal. Es posible que la mayor parte de los combatientes no tengan ni la más mínima idea de hacer las cosas de acuerdo a un mínimo orden militar, no saber nada de tácticas, ni tener conocimientos de la más mínima doctrina que no sea la política, pero han aprendido a ser crueles y a no sufrir al infringir sufrimiento. Son verdugos profesionales. Y Radomir tiene información, no sabe nada de inteligencia, pero ha visto lo que ha visto y ha oído lo que ha oído. Sabe mucho más de lo que le gustaría.
Fuerzan el paso pero, una vez más, con la cautela que requieren las circunstancias. Cuando consiguen encarar otra vez el valle por el que vinieron les sorprende ver penachos de humo sobre el pueblo en el que hicieron noche. Aún tardarán en llegar, pero es evidente que no es un incendio fortuito. Humo muy negro. Llegan al anochecer, aún pueden oír como blindados abandonan la zona.
Duermen en la ladera alta del valle, y hacen guardias de tres en lugar de guardias de dos. Los que se han ido en blindado podrían venir a pie. La noche es tensa y ni siquiera el cansancio, el agotamiento acumulado, les permite descansar bien. Cuando comienza a amanecer tienen una imagen más clara del pueblo, no hay nadie en la calle, ni en la plaza, ni en ningún sitio. Lo que ardía era la parte de atrás de la casa donde durmieron. Una especie de medio cobertizo medio granero donde el viejo guardaba, al parecer y por lo que pueden ver ahora, algo de leña, un tractor que ahora está calcinado y, probablemente, herramientas y objetos de labranza.
La fachada de la casa está cosida a tiros y los cristales están destrozados. Frente a la puerta de entrada hay un fardo negro en el suelo, algo que parece haber derramado un líquido, pero no saben bien lo que es.
Esperan un rato y deciden bajar al pueblo e intentar averiguar qué ha ocurrido y quién lo ha causado.
Los franceses van delante, ellos son los que mejor saben qué esquina cubre qué flanco y cómo cubrir una zona de casi cualquier tamaño con el escaso calibre que llevan. Los ingleses no están muy felices con la idea de entrar, pero entienden que es algo que hay que hacer. Los españoles, menos operativos, van los últimos, pero saben hacer su trabajo como el mejor. Los franceses cubren la calle, los españoles y los ingleses están a punto de entrar en la casa. No llegan a hacerlo.
El teniente francés para en seco su carrera antes de llegar a la esquina, luego continúa para coger su posición, hace un gesto. Lo que hay en la calle es un ser humano. Eso frena a los españoles, uno se queda en el quicio de la puerta de entrada el otro se acerca a comprobar el cuerpo. Es la nuera del matrimonio de la casa. Ella y su hijo. Les han disparado con un calibre muy pesado, algo equivalente a nuestras 12,70 mm, les han partido a ambos por la mitad. La pobre muchacha llevaba al niño en brazos, probablemente corría intentando llegar a casa. Todavía sujeta con fuerza la parte superior del torso del niño, las partes inferiores de ambos están a más de medio metro de distancia. Tiene los ojos abiertos, y una mueca de terror, de pánico, de sorpresa.
Se oye un “¡clean!” desde dentro de la casa. Cuando los españoles van a entrar el escocés se cruza con ellos precipitadamente. Sale a la calle a vomitar. Los horrores no han acabado.
La parte baja de la casa está destrozada, se han empleado a fondo para no dejar títere con cabeza. El inglés está en lo alto de la escalera, hace un gesto a los españoles para que suban. Hay tres habitaciones y un cuarto de baño.
En la primera habitación está la madre. La vieja. Le han reventado el cráneo con un objeto contundente que no parece una culata. Aunque no son forenses, al abrir más la puerta saben que ha sido con una maza para ablandar la carne, hay restos de cráneo pegados a ella.
El inglés les advierte que lo que van a ver en la siguiente habitación es aún peor.
Lo que se encuentran es a la hermosa mujer rubia después de que se hayan ensañado con ella. La imagen es muy dura. Está sobre la cama, sólo quedan algunos jirones de ropa alrededor de su cintura, el resto del cuerpo está desnudo. Tiene la vagina completamente destrozada y el ano también. Hay sangre y restos de semen en su cuerpo y en las sábanas. Los pezones están también destrozados y parecen haber sido mordidos, uno cuelga medio arrancado. Tiene una cinta en la boca, demasiado apretada porque le ha desencajado la mandíbula antes de que muriera. Hay mechones de su pelo arrancados por todas partes. Estaba amarrada a la cama con cuerda de cáñamo y se desencajó un hombro, probablemente al intentar forcejear. Está llena de moratones, excepto en la cara. En cualquier caso el hematoma alrededor de su cuello delata que ha muerto estrangulada, probablemente cuando se cansaron de “jugar” con ella.
En la tercera habitación está el padre, tiene un tiro en la sien.
El inglés consuela en un gesto muy cariñoso al escocés, que está desconsolado y llora como un niño. También los españoles han quedado profundamente afectados, mareados, asqueados. Han llorado, vomitado y maldecido. Cuando los franceses ven las escenas reaccionan aún con más vehemencia. Se oyen insultos en los tres idiomas. Por un momento incluso descuidan la guardia, no les importaría que algún hijo de puta de los causantes de semejante “proeza” apareciera de nuevo por el pueblo, con blindado o sin él.
El odio sabe a metal.
Peor aún es cuando uno de los franceses se arrodilla para sacar algo brillante que sobresale de debajo de la cama. Es un enganche de una correa de cuero con un colgante… el colgante que los españoles le regalaron a Radomir el día antes de comenzar la misión. ¡Que hijo de la grandísima puta!
Toman nota de la inscripción que aparece en la fachada y salen del pueblo. Saben que los vecinos siguen estando allí, pero nadie ha asomado ni una pestaña por las ventanas.
A partir de entonces toman menos precauciones en la vuelta, casi desean encontrarse con alguien, hacer justicia, repartirles hostias hasta averiguar qué les impulsa a cometer semejantes barbaridades.
Esperan a la llegada de un convoy y salen al paso. Es español. El capitán al mando se rasca la cabeza varias veces antes de entender porqué dos españoles acompañados de 4 extranjeros visten ese uniforme, presentan ese aspecto, usan ese material, van indocumentados y no quieren decir ni de dónde vienen ni qué han hecho. Sólo piden que se informe a una persona concreta de la base española en Mostar y que les den transporte hasta llegar allí.
Tuvieron que entregar el armamento porque no se fiaban, y viajaron en la parte trasera de un camión vacío hasta la base. Una vez allí les quitaron inmediatamente de en medio. Debrief, tras dabrief, tras debrief. El resto no es importante.
Dos días después les hacen saber que el nombre real de Radomir no era Radomir, y no era croata, no tenía dos preciosas niñas rubitas ni soñaba con la paz. Su verdadero nombre era Miroslav y era un oficial de inteligencia serbio que había pedido "excedencia" para unirse a la “causa” de los serbios de Bosnia. Alguien en Bruselas o donde cojones fuera había hecho muy mal su trabajo. Ahora todos se explicaban su comportamiento marcial, su rapidez para entender todo lo relacionado con la marcha, su capacidad para seguir el ritmo, para ser uno más. Y también entienden que les han puesto en bandeja a los serbios una información muy valiosa. Su misión no ha servido para nada.
La inscripción de la casa significa “traidores”.
Comencé el relato diciendo que de vez en cuando encuentras gente muy especial en las más extrañas y desagradables circunstancias, gente que te sorprende y que se te queda grabada, marcada, para siempre. Ese es el caso de Radomir, el mayor hijo de puta sobre la faz de la tierra.
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