viernes, 9 de julio de 2010

Jenny

Cruzaba esa plaza cada día. Era 2002 en un pueblo no famoso pero muy notorio de Estados Unidos.

La cruzaba para ir a clase, volver a la residencia, salir a cenar, ir a la sala de estudio, dar un paseo, salir a correr o a "pimplarme" 4 cervezas o casi cualquier otra actividad cotidiana.

Casi se podría decir que la vida en el pueblo se hacía alrededor de esa plaza o, al menos, que era paso obligado para todo lo que tuviera un mínimo de interés.

En la plaza era habitual encontrar músicos, mimos, monologuistas y, en general, cualquier tipo de artista que pueda actuar sin más escenario ni tramoya que un espacio de metro y medio por metro y medio en una transitada plaza. Desde negritos de no más de 13 años con un increíble sentido del ritmo que son capaces de hacer música con dos baquetas y un cubo de basura, hasta un chino exiliado tocando un diabólico instrumento de cuerda -de una sola cuerda para ser exactos- que producía sonidos muy similares a los de un gato cabreado. Éste último gozaba de muy poco predicamento entre la concurrencia, pero parecía importarle muy poco a juzgar por el fervor con el que seguía maltratando los oídos del prójimo.

Los había que usaban micro y los había que cantaban a pleno pulmón, tratando de elevar sus notas por encima del ruido ambiente.

Había prácticamente de todo.

Mentiría si dijera que me fijé el primer día en ella. Era una de esas chicas que no llaman la atención al primer golpe de vista ni al primer toque de oído. Una de esas personas que son discretas aunque se paseen desnudas por la calle. Pero algo debió llegarme al subconsciente porque aquella noche me metí en la cama pensando en una melodía, un ritmo y una voz que no podía identificar. Una melodía sin música he de decir, algunos acordes, un timbre, un ritmo indeterminado, no reproducible y esa desagradable sensación de “¡¿de dónde demonios viene esa música?!”

La mañana siguiente la plaza estaba ocupada por otros artistas y ella esperaba su turno para ocupar su espacio. Estaba sentada en un murete junto a la funda rígida que contenía su guitarra y un pequeño amplificador. Miraba con mucho atención a los músicos que tocaban en ese momento, sonreía y llevaba el ritmo moviendo las piernas adelante y atrás, como una niña pequeña.

Recuerdo que pensé que era muy mona, simpáticamente guapa, agradable. No me hubiera vuelto a fijar en ella si no hubiera encontrado a un amigo en plena plaza y hubiera comenzado a hablar con él. En ese lapso de tiempo comenzaba su "turno" y, aunque me pillaba de espaldas, el primer ronroneo de su guitarra acústica me hizo saber que la melodía que me rondaba por la cabeza había salido de ese instrumento, y que la voz que oí a continuación era el timbre que había echado de menos desde el día anterior.

Me giré y ahí estaba ella, haciendo pruebas de sonido con su guitarra y con su voz mientras movía ruedecitas en el pequeño amplificador. Seguía sonriendo.

A mi interlocutor pareció sorprenderle que perdiera por un momento el hilo de la conversación por fijarme en la "gorrilla", pero le resultó divertido y me informó de que esa chica llevaba tocando ya algunos días por allí.

Cuando comenzó a cantar el que comenzó a sonreír fui yo.

Tenía una voz especial, distinta. No era una copia de nada que yo pudiera identificar, era auténtica, diferente, dulce y fuerte, muy fuerte, al mismo tiempo. Cantaba country, un country moderno, con toques de pop y de rock, sin perder las raíces folk del género. Sin duda la música era llevadera, comercial, fácil de entender, pero ella con su voz hacía que no se pareciera a nada que hubiera oído antes... y yo había oído prácticamente de todo.

No era una virtuosa de la guitarra, o no daba esa sensación, pero el conjunto de voz y música era fascinante. Ese primer día me quedé más de cuarto de hora viéndola cantar. Me producía un efecto narcótico, de calma, de alegría, de felicidad, de descanso. Me encantaba esa voz.

A los dos días volvía a estar en la plaza, cantaba canciones diferentes al día anterior, pero en esencia era el mismo estilo. Me fijé esta vez más en ella y la vi de una forma diferente, seguía siendo discreta, mona, pero había ganado en belleza porque, de hecho, la chica era muy atractiva. Mucho más de lo que un primer golpe de vista hubiera hecho sospechar. Esperé a que acabara la canción y me acerqué a echarle un dolar en la funda de su guitarra. Lo hice mirándole a los ojos por la curiosidad de saber si ella me devolvería la mirada, y lo hizo. "Thanks guy"

Durante algunos días, siempre que coincidí con ella en la plaza seguí el mismo ritual. Me dejaba hipnotizar una rato por su maravillosa voz y por su sonrisa y cuando mis obligaciones me reclamaban esperaba el momento entre dos canciones para echarle un dólar en su funda mirándole a los ojos. "Thanks guy" decía siempre respondiendo a esa mirada.

Al cabo, quizás, de un par de semanas de encuentros discontinuos descubrí que no llevaba menos de un billete de cinco dólares, pero me pareció que esa voz, esa sonrisa y esos ojos bien merecían los cinco "pavos". Sin embargo su respuesta fue diferente esta vez.

- ¿No me vas a dejar un dólar?
- Cantas muy bien, creo que cinco dólares son pocos, me gusta tu voz y, la verdad, no tengo cambio.
- ¡Gracias!, ¿tú no eres de por aquí, verdad?
- No, soy español
- Pues muchas gracias español, me gusta cuando echas un dólar en mi funda, y me gusta que te guste mi música. ¿cómo te llamas?
- Rocket
- Encantada Rocket, soy Jenny. Me ha gustado conocerte.
- A mi también Jenny

Durante muchos días más de ese verano vi y hablé con Jenny, supe que era de San Bernardino, California y que tenía 23 años. Supe que tocaba en una banda que tenía un éxito limitado, pero que podía vivir de la música y que aprovechaba los veranos para hacer de "gorrilla" en ese pueblo y en la gran ciudad que había a 30 kilómetros. Supe que le gustaba porque la gente solía ser agradable con ella y que sólo una vez había tenido un problema con un amigo de lo ajeno, pero que ya lo había olvidado "En el país más poderoso del planeta todo el mundo parece tener miedo Rocket"

Supe que no había una turbia historia de cantante de carretera, que nadie había intentado abusar de ella, que no había tenido una infancia difícil ni había sido una adolescente rebelde. Supe que su novio se ponía a veces un poco celoso por su profesión, pero era un buen tipo y lo asumía. Supe que cada día sabía un poco más de España porque se molestaba en leer cosas sobre nuestro país cuando llegaba a casa. "Por tu dólar Rocket tienes derecho a culturizarme un poco, aquí nadie sabe nada que no sea de USA, es una pena"

Y supe que Jenny era una de las personas más alegres, más sonrientes y con más magnetismo que he conocido en mi vida pero, por encima de todo, que cantaba country mucho mejor de como lo harían los ángeles.

Y aún hoy en día echo un poco de menos esa voz...

3 comentarios:

Pajeú dijo...

Hay ciertos momentos en nuestra vida que echamos muchas cosas de menos. Pero yo he aprendido a no hacerlo, prefiero deleitarme pensando que he tenido la suerte de vivirlos.

Disfrutar de los recuerdos es mucho más agradable y satisfactorio que añorarlos.

Un SoSo.

Rocket dijo...

Buen tiro Milady,

Bueno, tampoco es añoranza. Yo no tuve nada con aquella señorita excepto el gustazo de hablar con ella de vez en cuando. Y me consta que era mutuo, pero nada más.

Estoy seguro que a algún sátrapa (véase nuestro querido y lenguaraz Leónidas) le hubiera gustado que la vida de esta criatura hubiera sido sórdidamente tormentosa, o que yo la hubiera preñado de trillizos para luego rechazarla y negar la paternidad, acaso que fuera heroinómana o una asesina en serie. Pero no, sé que la entrada es 100% flowerpower, pero es que es así como Jenny era, o al menos como yo la conocí.

Eso sí, ¡¡¡como cantaba la tía!!!, no entiendo como no se hizo famosa, o caso lo fue y yo nunca me enteré.

¡Nah, no creo!, la hubieran puesto medio en pelotas para rodar su primer vídeo, ya se sabe que en el show business parece que importa menos el talento que las pechugas.

Saludos,
Rocket

Heavy Mimosa dijo...

Qué historia más interesante, amigo Rocket. Qué lástima que no guarde un registro sonoro para acompañarla, me he quedado con muchas ganas de oír esa voz.

Y, qué alivio, por otra parte, que no hubiera una historia oscura y sórdida detrás de Jenny.

Un saludo,
Heavy Mimosa